14/07/2019

Carlos Peña a fondo tras la salida de Castillo por sus dichos: Revela la desconexión con el Chile real

Carlos Peña a fondo tras la salida de Castillo por sus dichos:  Revela la desconexión con el Chile real

“El exsubsecretario Castillo acaba, pues, de prestar un gigantesco servicio al gobierno del Presidente Piñera, puesto que le ha mostrado —con las exageraciones de una tonta caricatura— las carencias que amenazan a su administración”, sostiene Peña.


Este domingo, el abogado Carlos Peña, analiza a fondo la salida del exsubsecretario de Redes Asistenciales de Salud, Luis Castillo, quien se mandó una de esas frase que revelan la total desconexión e los políticos y autoridades con el Chile real.

Peña con su agudeza de siempre advierte: “El exsubsecretario Castillo acaba, pues, de prestar un gigantesco servicio al gobierno del Presidente Piñera, puesto que le ha mostrado —con las exageraciones de una tonta caricatura— las carencias que amenazan a su administración, el error en el que suelen incurrir sus miembros: tener una distancia vital con la experiencia, también vital, de las mayorías”.

A continuación el texto completo del análisis de Carlos Peña:

Las declaraciones del exsubsecretario de redes asistenciales —en su visita a Aysén atribuyó al anhelo de sociabilidad que las personas llegaran al amanecer a los consultorios— da cuenta de un problema que suele aquejar a quienes ejecutan políticas públicas.

No, no es solo el desatino.

Es algo peor.

Es la desconexión entre la situación vital de las personas, por una parte, y la formulación de las políticas, por la otra.

Las declaraciones del exsubsecretario Castillo son el ejemplo perfecto de esa distancia, aliñada, en este caso preciso, por el desatino y la tontera. Decir a una radio de Coyhaique —cuyos habitantes para no entumirse viven por estos días envueltos en humo y donde los niños y los viejos tosen con la misma frecuencia con que respiran—que la gente va al alba a los consultorios en busca de sociabilidad es desde luego una tontería; pero se trata de la exageración tonta de un rasgo que subyace y amenaza a todos quienes formulan o ejecutan políticas públicas: la de distanciarse de la experiencia vital de las personas.

El caso del exsubsecretario Castillo —se sabe ahora que no merecía el cargo no porque estuviera involucrado en el proceso de la muerte de Frei, sino porque era desatinado— es por supuesto un caso extremo; pero si se saca la tontería, queda algo que amenaza el éxito de cualquier político, alejarse hasta la total incomprensión de la experiencia de la gente.

Las políticas públicas, es cierto, requieren para su diseño y su evaluación de conceptos de generalizaciones que ayudan a ver regularidades ahí donde de otra forma habría una experiencia puramente diversa. Pero al generalizar se borran diferencias, y como la vida humana se desenvuelve en medio de la diferencia, el resultado de cualquier generalización es la distancia entre la experiencia vital de la gente y la formulación conceptual. Es por eso que la política no coincide exactamente con la política pública o, si se prefiere, quienes hacen políticas públicas no por eso cuentan con las habilidades que son imprescindibles para la política.

¿Cuáles serían esas habilidades que posee el político y de las que el policy maker (incluso cuando no incurre en desatinos como le ocurrió a Castillo) carece?

Para saberlo hay que dar un breve rodeo.

Al revés de lo que suele creerse, la vida humana no se estructura solo en torno a necesidades, sino también en torno a significados. Un buen ejemplo es la enfermedad. Cuando usted se enferma, quien se enferma no es, en rigor, su cuerpo, sino usted, es decir, es su yo, su forma de experimentarse a sí mismo y a los demás quien se siente mal. Por eso, un buen médico no solo debe saber qué le ocurre a su cuerpo, sino que debe ser capaz de comprender la experiencia de la enfermedad, el trastorno biográfico que el enfermo padece. Y si eso ocurre con la enfermedad, lo mismo ocurre con todas las otras experiencias humanas: todas son una suma de necesidades objetivas mediadas por un cierto significado.

Ahora bien, el político —podría llamarse a esto “la lección de Coyhaique”— es aquel que es capaz de captar o comprender ese significado que envuelve la trayectoria vital de las personas y de los grupos. Ese fue el secreto de Bachelet. Ella, por ese rasgo que algunas personas poseen y que a falta de concepto mejor se llama carisma, tenía la extraña capacidad de conferir reconocimiento, con su simple gestualidad y su actitud, a esa dimensión de significado, y por eso, al verla u oírla, la gente se sentía reconocida. Desde luego, que esto por si solo no basta lo prueba el mismo caso de Bachelet, pero se trata de una condición necesaria (aunque no suficiente) del político, que él puede alcanzar con la naturalidad del carisma o el esfuerzo de la inteligencia. Lo que no puede ocurrir es que se haga política exitosa al margen de esa dimensión.

El exsubsecretario Castillo acaba, pues, de prestar un gigantesco servicio al gobierno del Presidente Piñera, puesto que le ha mostrado —con las exageraciones de una tonta caricatura— las carencias que amenazan a su administración, el error en el que suelen incurrir sus miembros: tener una distancia vital con la experiencia, también vital, de las mayorías.

El Presidente Piñera está empeñado en atender y prestar especial atención a los grupos medios y su éxito inicial prueba que acertó, pero lo amenaza esa distancia que en muchos de quienes le sirven (a él) no parece fácil de salvar. Así lo prueba el caso de Castillo (ha habido por supuesto otros) que veía en los niños y viejos tosiendo en medio del humo de Coyhaique y tocando la puerta del consultorio al alba no la búsqueda de ayuda médica, sino sobretodo el anhelo de conversación”, remata Peña.


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