18 de Febrero, 2019

Civiles y militares en tiempos de emergencia

Civiles y militares en tiempos de emergencia

Las emergencias son y serán parte de nuestra realidad nacional, desgraciadamente. Sin embargo, se han ido diversificando con el paso del tiempo. A los históricos sismos de los cuales tenemos registros desde remotos años, se agregan en el último tiempo fenómenos que muchos los interpretan con producto del calentamiento global. Hace pocos años, en las […]


Las emergencias son y serán parte de nuestra realidad nacional, desgraciadamente. Sin embargo, se han ido diversificando con el paso del tiempo. A los históricos sismos de los cuales tenemos registros desde remotos años, se agregan en el último tiempo fenómenos que muchos los interpretan con producto del calentamiento global.

Hace pocos años, en las bases de la Antártida se registró la mayor temperatura que se conociera en el continente helado. A los pocos días tuvimos el aluvión en Atacama que daño severamente varias ciudades como Copiapó, Chañaral, amen de localidades interiores. Muchos científicos sugieren que existe un vinculo entre ambos fenómenos. En los últimos años constatamos que las altas temperaturas también potencian el riesgo de incendios en la temporada de verano.

Terremotos, tsunamis, incendios, aluviones son entre otras, catástrofes que nos seguirán acompañando en nuestra vida nacional. Para enfrentarlas el país requiere recurrir a todos sus recursos, y emplearlos de la manera mas coordinada y planificada posible. El valor a preservar es la vida y el bienestar de miles de compatriotas sin distinción de credos, razas o inclinaciones políticas.

El apoyo a la población en situaciones de emergencia es una de las misiones de las FFAA, los medios de los que disponen y su capacidad de rápido despliegue a lo largo del territorio los transforma en uno de los principales instrumentos que posee el Estado ante estas eventualidades. Asimismo, las FFAA en terreno otorgan el marco de seguridad a la población civil si fuese el caso.

Los chilenos tenemos dos tipos de catástrofes: las que podemos prever y las que no. Nadie puede prever con antelación un sismo, o un tsunami. Pero si podemos planificar nuestra reacción. Esa es una gran tarea para la cual se requiere de la voluntad y los medios de autoridades nacionales, regionales y locales. Tener preparados los planes de emergencia, definidos los centros de acopio, los albergues, haber hecho las simulaciones y los ejercicios de crisis por comuna, por región. No todo es labor del gobierno central. Tenemos tecnología satelital e informática que nos permite simular y prever el curso de los aluviones. Es posible preparar a las localidades y a la población a partir de esa información (que hay que trabajarla). En este tema nos falta, pero podemos y debemos avanzar.

También tenemos catástrofes previsibles: los incendios de verano y los aluviones del llamado “invierno altiplánico”. Sabemos que vienen en verano, y en algunos casos, como los aluviones del norte, podemos simular que ríos crecerán, que quebradas se activaran, y por ende, que daños pueden ocasionar. Ojo, en el norte donde el agua es un bien escaso, nos brinda la posibilidad de poder acumularla si construimos infraestructura para ello (embalses).

Que decir de los incendios, todos sabemos que su principal temporada es en verano, por ende, es la temporada en que debemos estar mas alertas y preparados.

Pero las catástrofes también permiten sacar uno de los mejores rasgos de la chilenidad: el voluntariado, la solidaridad con los damnificados, el reconocimiento a los equipos de apoyo y salvataje.

Las recientes emergencias nos reiteran algunas enseñanzas y nos obligan a examinar mejor la coordinación entre civiles y militares para responder de mejor forma ante nuestros ciudadanos. La experiencia de los últimos años nos permite avanzar algunas enseñanzas que me permito resumir a continuación:

1. Reforzar la planificación. Todo lo que se invierta en planes de emergencia rinde mucho, empezando por prevenir a tiempo, desde la erradicación de viviendas en cursos de agua, hasta la disposición de medidas básicas de infraestructura que eviten que el país quede cortado y localidades aisladas.

2. Mejorar la coordinación de autoridades, los Jefes de Defensa cuando son nombrados dependen del Presidente, o en su defecto, del Ministerio del Interior, organismo rector en caso de emergencia. Aunque sean militares, para el cumplimiento de esta tarea no dependen de su Comandante en Jefe ni del Ministro de Defensa. Son los que están en terreno y además, trabajan codo a codo con el Intendente. Desde el centro del país lo que debe provenir es apoyo y no interferencias.

3. Ocupemos a plenitud nuestros medios. Tenemos aviones de carga Hércules, que con el debido equipo, pueden adaptarse para combatir incendios, pero hay que aprobar esos proyectos y sacudirlos del escritorio donde se encuentren.

4. Cosas obvias: si la temporada mas peligrosa es el verano para las catástrofes “previsibles”, es de sentido común que no todos salgan de vacaciones al mismo tiempo. Todos tienen derecho a vacaciones, pero no tienen porque hacerlo simultáneamente.

5. Aumentar el número de Brigadas Forestales en el Ejercito, BRIFES, para lo cual se requiere que CONAF disponga de medios para equiparlas e instruirlas.

6. Obvio, para desplegar tropas hay que tener contingente. Hoy en día, por razones presupuestarias, buena parte del contingente de servicio militar que se acuartela en marzo, empieza a ser licenciado a fines de año con lo cual disminuye la disponibilidad de personal en verano.

7. Presencia oportuna de autoridades en las zonas siempre es bienvenida y ayuda a un rápido tramite de medidas de emergencia: realizar censo de damnificados y de viviendas dañadas

Sobre el autor:

Cientista político

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