Las prioridades de Bachelet

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    En medio de la confusión que generó el conclave de la Nueva Mayoría, sumado a una entrevista en que la Presidenta intentó definir qué significaba el denominado “realismo sin renuncia”, la mandataria sigue sin precisar hacia donde se dirige, ni ella, ni el gobierno.

    A estas alturas nadie entiende para qué se hizo dicho evento, salvo para que los presidentes de los partidos hicieran elocuentes alabanzas, sobre la extraordinaria capacidad de liderazgo de Bachelet.

    En política las decisiones van construyendo realidades, y lo más importantes es que sean capaces de definir las prioridades del ejecutivo. En el caso de este gobierno, que emprendió una apuesta refundacional, las decisiones adquieren mucha más importancia, porque fijan los límites que permiten contener la incertidumbre que todo cambio conlleva.

    Esta construcción de realidad en el caso del gobierno de Bachelet se ha centrado en el discurso, en las comunicaciones, qué deberán ser reforzadas; como una las conclusiones del cónclave.

    Sin embargo, si esto, pretende sostenerse en la ambigüedad crónica en la toma decisiones, las alocuciones pueden terminar en una perorata perturbadora, que confunda y erosione aún más su liderazgo.

    Bachelet como lo señala con acierto Héctor Soto, “una semana gira a la derecha y luego a la izquierda”. En un lapso de dos meses ha mostrado dificultades para ponerse de acuerdo consigo misma. El 11 de mayo, de partida, después de cinco días de vacilación, convocó a su gabinete a dos ministros claramente moderados.

    Después, utilizó su mensaje al Congreso del 21 de mayo para no decir nada. Retomó el hilo de la designación en el consejo de gabinete del 11 de julio para hablar allí de realismo sin renuncia. Volvió a salirse de esa línea en sus palabras de cierre del cónclave para dar a entender que estaba perfectamente dispuesta a renunciar al realismo. Paro luego entregar una inesperada señal de respaldo a la gestión de los nuevos ministros.

    Sin entrar en un análisis psicológico, teniendo en cuenta sólo el tipo de liderazgo que ha representado históricamente , resulta evidente que éste siempre se ha sostenido en su fuerte capacidad de generar cariño y credibilidad.

    Las encuestas señalan que estos atributos se han venido abajo, con un 70% de la ciudadanía desaprobando su acción personal, y un 75% rechazando la gestión de su gobierno.

    En la vida las personas pasan por muchas etapas y hay cariños que se pierden en intensidad, pero que se pueden construir con una mayor profundidad, menos emocionales, menos querible, pero más consistente.

    Bachelet, no está en esa búsqueda, y en su última entrevista lo destaca, casi ingenuamente, pero con nostalgia, al relatar, como la abrazan, como le piden selfies, y la instan a seguir adelante cuando ella se encuentra con sus adherentes, es como si eso, le permitiera desmentir el fuerte rechazo que genera su gestión y que le comunican los medios semana a semana.

    La prioridad de Bachelet es ganar tiempo, de ahí su ambigüedad, haciendo todos los esfuerzos para seguir generando la sensación que la Nueva Mayoría sólo sobrevive por ella, y es probable que así sea, siempre y cuando vuelva a ser querida como antes. …Y ese es el problema.

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