Perdiendo el miedo a los poderosos

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(*) Esta columna la publicamos en forma póstuma, en recuerdo de Claudio Márquez Vidal. Ex presidente del Centro de Alumnos de la Facultad de Derecho Universidad de Chile año´96 -´97, Demandante contra el Estado de Chile ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso “La última Tentación de Cristo” Una valiosa persona. Un imprescindible.

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La relación entre débiles y poderosos -añosa y multifacética-, también forma parte de la teoría económica que ha inspirado nuestro actual modelo. Según el neoliberalismo (Mises, Hayek, Friedman) el desarrollo económico de una sociedad pasa por el hecho que el Estado debe proteger y beneficiar al poderoso.

Lo debe dejar actuar libremente, en parte, bajo el supuesto fáctico de que si lo “es”, es por algo que se debe respetar: ha logrado imponerse frente a los otros, ha triunfado en la lucha “darwiniana” que caracteriza a este tipo de sociedad.

Si el débil finalmente sucumbe al poderoso, tal como sucede en la naturaleza, ¿por qué el Estado debería, artificiosamente, alterar ese patrón natural?. Lo cierto es que nuestro modelo económico está basado en fomentar y profundizar las diferencias entre débiles y poderosos, siguiendo este esquema de entendimiento de la realidad.

Con ello en mente, no nos sorprendamos de que nuestra sociedad sea una de las más segregadoras del mundo. De hecho, es la más desigual en la distribución del ingreso. En Chile se vive en ghettos de ricos y de pobres, quienes se crían separadamente, desarrollan culturas que de común sólo tienen el nombre “Estado de Chile”, por lo tanto, una débil cohesión social.

Hablan muy distinto, se visten muy distinto, se educan muy distinto y -más encima- ambos se discriminan por esas mismas razones. El broche de oro de este verdadero “apartheid chilensis” es que –además- las normas estatales se hacen y aplican de manera distinta para cada grupo.

Es verdad que esto no es nuevo, pero la violencia y desfachatez con que los medios y redes sociales lo han evidenciado en los últimos meses marcan un hito.

Hemos sido sorprendidos testigos de cómo la mítica imagen de la justicia, con sus ojos vendados dispuesta a usar su espada sobre cualquiera, ha corrido su venda y ha mirado -de reojo- sobre quién la empuñará, afectando con evidente claridad su supuesta dinámica imparcial: hay una justicia para ricos y otra justicia para pobres.

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Con el caso Penta, se ha podido apreciar parte de esta cruda realidad, en la que un poderoso, libre, reforzado y protegido motor de la economía neoliberal -casi sin regulación- tendió por años sus tentáculos en todas las dimensiones sociales, con obvia impunidad hasta la fecha, apegado a la letra del sórdido modelo que sustenta la historia del país en las últimas décadas.

En ese contexto, entonces, pretender o aspirar a un espacio de convivencia común, en el que todos los sectores y todas las expresiones sociales puedan convivir con la legítima sensación de igualdad, que nos traiga al menos un aroma de la buscada cohesión social es prácticamente una traición al patrio modelo, una verdadera locura, un hipismo quimérico e irresponsable.

Pero esta “locura” para el modelo chileno, no lo era para los griegos clásicos, quienes consideraron que era esencial crearla y estimularla: su mejor ejemplo es el ágora.

Usaban este lugar para “jugar” a ser iguales, era una instancia especial, con reglas especiales, cuya máxima expresión era “sentirse y tratarse como iguales”.

Todo el que entraba, fuese militar o civil, carnicero o maestro, antes de ingresar, se despojaba de sus diferencias: jinetas, gorros, símbolos y pasaba a ser un igual. Su palabra, su voz, su voto, era del mismo valor que el de los demás. El juego era entretenido.

Se tomaban decisiones, se elegían cargos y -al salir- retomaban sus funciones y también sus diferencias. Eso sí: creaban un “espacio de igualdad”, que los expertos y los siúticos llaman “isonómico”. Para reconocida pensadora y ensayista, Hanna Arent, es así como surge la política, cumpliendo esa misión, aportando un espacio “isonómico”, un momento de “igualdad”.

El joven sociólogo chileno Alberto Mayol apunta que una de las cosas que el neoliberalismo hizo en Chile fue, precisamente, destruir los espacios de discusión pública y con ello la política. La idea nunca fue discutir, sino que imponer el modelo. Y, como vimos, el miedo del débil al poderoso forma parte de él.

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La revista chilena “Qué Pasa”, en una edición de octubre del año 2014, rescata un pasaje protagonizado tres años antes por uno de los primeros fiscales que tuvo el caso Penta, al pronunciar un discurso en la despedida de los restos de su padre, muerto en un accidente automovilístico: “Uno de los grandes legados que me dejó, una de las enseñanzas que más atesoro, es una frase que repetía siempre: ´no hay que tenerle miedo a los poderosos´”.

En verdad, una atingente y profunda convicción, clave para una democracia y que apunta al corazón del modelo neoliberal. Si no existe el miedo, entonces la justicia siempre actúa con sus ojos vendados, como si por un momento todos estuviésemos en un espacio “isonómico”, donde redes, colegios, color de piel, familia, lugar donde vives y dinero que tengas se dejan atrás y no valen más que tu propia persona y tus responsabilidades ante la ley.

Crear esos espacios es uno de los principales desafíos que surgen hoy, pasadas ya más de dos décadas de recuperar la democracia. Hay varios espacios así y de todos depende entrar en ellos, física o mentalmente. Y, de hecho, para que vean lo cerca que están entre nosotros, hay que pensar sólo en un ejemplo pedestre: el baño.

Como lo esbozó alguna vez el escritor chileno Poli Délano en alguna de sus novelas, se trata de un lugar donde las diferencias se atenúan o desaparecen, donde concurrimos no por una ley ni por la elección de alguien, sino por el “llamado” de nuestra básica condición de animales.

Leyendo las paredes de estos espacios “isonómicos”, mientras se usa el urinario, los que supuestamente son diferentes están haciendo lo mismo. No hay otro lugar donde se vea tan claramente lo que realmente somos.

En las paredes de este lugar público se escriben mentiras o verdades, nunca un intermedio. Es una instancia de desahogos físicos y psíquicos, donde la “libertad” de expresión surge plenamente, ya que la libertad es siamesa de la igualdad. Un baño público sin escritos, es como una elección sin rumores. Deberíamos luchar para que no los pinten, para que no borren los desahogos, sus mentiras o verdades, quizás único rincón donde uno escribe realmente lo que quiere.

Tal vez se debería luchar para que los agranden, los decoren, instalen sillones, música ambiental, mini bibliotecas, urnas de sufragio y así aprovechar estos lugares en lo que se produce en único momento en que las diferencias se toman un descanso y las semejanzas aparecen en plenitud.

Un humilde consejo para las fiscalías que hoy se llenan de casos en que los poderosos caen en la sospecha pública: cuando enfrenten a uno de ellos, como ya lo ha hecho y seguirá haciendo, si los sienten omnipotentes, lejanos, monárquicos, todo seguro cambiara cuando los imagines en el baño, en sus respectivos “tronos de loza”.

La imagen cambia cuando es posible imaginarlos –por ejemplo- en una diaria micción mirándose de reojo con otros, atendiendo a los escritos de las paredes de los baños públicos; si se logra imaginarlos así, ya se ha entrado a un espacio “isonómico”. El miedo se va, lo desconocido se va, las diferencias se van, aparece la igualdad, aparece la nación, aparece la Patria, aparece la República, aparece -por fin- la justicia.

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