“Si no me dan el pasaporte me voy a inmolar aquí, ¿me escucharon?”

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Así gritaba con el puño en el aire Sergio Larraín. El hombre reclamaba por un pasaporte que probablemente no recibió producto del paro de los funcionarios del Registro Civil que hoy cumplía 36 días.

Si no me dan el pasaporte de aquí a las dos de la tarde, me quemo, me voy a quemar aquí, me voy a inmolar, me tienen 35 días esperando y hace falta que grite para que me hagan caso”, advertía.

En medio de insultos de grueso calibre lograba proferir su contundente proclama: “Los flaites están metidos aquí adentro, son los verdaderos terroristas sociales, están ganando un millón de pesos, son unos verdaderos delincuentes sociales, déjense de reír del pueblo, (Salvador) Allende se debe estar revolcando en la tumba, viendo como masacran a su pueblo”.

Así comenzaba una nueva jornada en el Registro Civil, con el amago de una tragedia que habría hundido la estrategia de Nelly Díaz en su pulso con el gobierno.

Un día movido en la sede del servicio. Ayer los trabajadores de Santiago habían rechazado la propuesta del Ejecutivo, hoy el rumor del rechazo de los funcionarios en regiones no se hizo esperar.

Los periodistas pronto salieron raudos a la conquista de otros territorios pues el general del funcionariado del Registro había abandonado el campamento a dialogar al feudo enemigo con la general de la Presidenta, a cargo de las negociaciones, en la cartera de Justicia, ante la perspectiva de una rendición del gobierno.

La gente parecía quedar desamparada, resignados tanto ciudadanos como extranjeros esperaban con caras de desesperación y cansancio por bandera, 46 días de paro no habían provisto a la gente de la cristiana virtud de la resignación.

Lo que más abundaba era un sentimiento de miedo ante la incertidumbre, zarandeados de aquí a allá sin piedad, peregrinando de sede en sede, hasta que exhaustos volvían a la sede central del Registro esperando ser atendidos como harapientos medievales en la casa del señor feudal, implorando unas migajas de atención misericordiosa.

Un centurión de la pequeña partida de funcionarios que luchaba por controlar las demandas de los ciudadanos más que de dirigir sus esfuerzos, preguntaba con voz rotunda y gesto severo a cada ciudadano, ya implorante a estas alturas del paro, “qué es lo que quiere usted?”.

Las señales que se entregaban eran confusas, “solo entregamos cédulas, cédulasexclamaba una joven empleada, ocasionalmente salía por sorpresa un trabajador publicitando la entrega de pasaportes, más tarde otro funcionario pregonaba súbitamente la entrega de certificados de defunción, cual señor noble entregando por sorpresa jamones a la hambrienta plebe.

El aire de tensión y revolución se respiraba en el aire, los hasta entonces resignados e implorantes destinatarios del favor del funcionariado empezaba a aumentar por momentos.

La gente se agolpaba colgada en las rejas apostadas en una de las salidas lateral del Registro, un niño le preguntaba a su padre si podía comer por fin, con su sándwich de palta con jamón chorreándole ya en la mano, mujeres cargando con sus carros con esfuerzo encomiable.

María Castillo, de 70 años, preguntaba cómo llegar a la sede de calle Catedral donde había sido enviada y reclamaba desesperada: “es el gobierno el que tiene que ponerle coto a la situación, hay gente sin trabajo, hay gente que no tiene que echarle a la olla y ellos ganan millones sentados, tienen que ser un poco más consecuentes con ellos mismos, si todos no ganamos el sueldo que ganan ellos”.

Un venezolano que esperaba visitar a su hermano enfermo en el exterior recitaba con rabia “aquí no hay autoridad, no se respeta la ley, si hay un paro que es ilegal, es ilegal y punto, pero esto no puede estar detenido, es un abuso, una falta de respeto”.

Así estaban los ánimos encendidos por las tierras del señor, clamando por la protección del gobierno y a estas alturas por la piedad del castillo feudal de la señora Nelly.

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