En el inicio del siglo XXI EE.UU. enfrenta nuevas tensiones entre las demandas mundiales y domésticas. Siempre ha enfrentado la disyuntiva entre las presiones internas de problemas sin resolver como la pobreza, la sanidad y ahora también el desempleo y su vocación imperial, en razón de su inigualado poder.

La oposición entre ejercicio democrático y la continuidad de su poder imperial es el dilema nunca resuelto entre sus problemas sociales y su política exterior.

En Estados Unidos se sabe que para el norteamericano promedio lo interno es prioritario, es aceptado que la política exterior no gana votos, lo que no es extraño en un país en que menos de la mitad de su gente tiene pasaporte y pueden comer, vestirse, transportarse, divertirse y educarse sin recurrir al mundo exterior.

El primer e inesperado problema doméstico que ha tenido que enfrentar el país es el hecho de que la creación de puestos de trabajo desde el año 2000 ha sido considerablemente menor que durante el periodo 1970-2000.

El desempleo actual está en un 4,9%, pero desde la crisis subprime en 2008 se perdieron nueve millones de puestos de trabajo, en 2012 el desempleo alcanzó una cifra inaudita de 7.8% (12,1 millones de personas), pero considerando a los desempleados que trabajaban en trabajos esporádicos los fines de semana, el desempleo se elevó a los imposibles 14,7%.

Esto dejo ciudades enteras como Detroit sin empresas automovilísticas, plagadas de polígonos abandonados y una pobreza y delincuencia desatadas, aspecto que se puede apreciar en el documental de Michael Moore “Capitalismo: una historia de amor”.

Una cifra impactante para un país acostumbrado a sostener su poderoso crecimiento en base a una fuerte demanda, que tenía su piedra angular en el consumo interno.

La crisis también tuvo su impacto sobre la pobreza, The New York Times señalaba “el porcentaje de ciudadanos estadounidenses pobres escala hasta niveles no vistos desde 1993”, o “casi uno de cada seis vive en la pobreza en EEUU” decía The Washington Post.

Según el censo, la tasa oficial nacional de pobreza en 2011 fue del 15,1%, aún mayor que el 14,3% del año anterior -que significó el tercer incremento anual consecutivo aquel año- , lo que significó que 46,2 millones de personas permanecieran en el desamparo más absoluto, sin acceso a un seguro médico, enfrentados a una asistencia social débil y una generación de empleo deficitaria.

Sin lugar a dudas, la recesión ha tenido un impacto significativo sobre los ingresos de los norteamericanos y, por tanto, sobre las tasas de pobreza, la dependencia de las familias de las transferencias públicas en la actualidad se sitúa en máximos históricos no vistos desde la gran depresión del 1929-33.

Se suman asimismo, problemas externos como el polvorín del Medio Oriente, conflictos entre etnias y naciones, la cada vez mayor influencia, en la economía mundial, de China y la oposición cada vez más creciente de la opinión pública a intervenir directamente en conflictos externos con tropas.

Todo esto ha renovado la vieja tendencia a dar la espalda al mundo, girando el timón electoral hacia dentro.
La lucha ideológica en un país dominado por el miedo

El magnate Donald Trump ha ampliado su ventaja a nivel nacional en la pugna del Partido Republicano por la candidatura a la presidencia de EE.UU., tras su contundente triunfo esta semana en las elecciones primarias de New Hampshire y según una encuesta publicada hoy por la web de consulta política “Morning Consult”, logra el apoyo del 44% de los 710 votantes republicanos entrevistados por los encuestadores en relación al 38% de apoyo que tenía antes de las primarias de New Hampshire. Su contendor, Ted Cruz, obtiene un respaldo harto lejano, un 17% de las preferencias de los republicanos.

Lo ha hecho montado en el caballo de la polémica, algunos dicen que es un candidato de gatillo fácil y que dispara donde le da la gana y ‘sin pelos en la lengua’, ha sido catalogado de racista “México envía gente con un montón de problemas y nos traen esos problemas: traen drogas, traen crimen, son violadores” y los problemas en la economía interna le ha dado alas para declarar que “Ellos´(mexicanos) nos están matando en las fronteras y nos están matando en los trabajos y en el comercio”.

Señaló así mismo, como propuesta de campaña, que construirá un gran muro en la frontera sur para detener la inmigración ilegal hacia los Estados Unidos y hará que México pague por él, lo que levantó el apoyo de la comunidad latina residente en los EEUU en apoyo de los mexicanos y un sentimiento de pertenencia en contra de los dichos de Trump que responden a la irresponsabilidad y también a un sentimiento, entre algunos sectores conservadores de la población y el movimiento del Tea Party, contra la población afroamericana y la inmigración latina.

Acompañado todo esto de frases misóginas que generó una sus polémicas más grandes al llamar a las mujeres “cerdas gordas, perras, y animales desagradables”. Una de las frases que más caló hondo dentro del siempre efervescente nacionalismo estadounidense, fue cuando cuestionó la condición de héroe del senador republicano, John McCain: “No es un héroe de guerra. Es un héroe de guerra por que fue capturado. Prefiero a los que no son capturados” y defendió su plan de negar el ingreso a todos los que profesen el islam.

Todas estas lindezas le han valido el repudio de sectores pro republicanos en el exterior como Mario Vargas Llosa y Su Hijo Álvaro Vargas Llosa que le critican en los medios por perjudicar la imagen de seriedad de la derecha norteamericana, que ven en Trump el fin de la posibilidades del Partido Republicano de ganar las elecciones e imponer una agenda económica liberal.

A su vez la situación interna ha provocado la aparición de otro perfil de candidatos que parecían improbables en un país profundamente ligado a un libre mercado sin trabas estatales. El senador Bernie Sanders, el candidato por el Partido Demócrata que el martes consiguió un sonado triunfo sobre la favorita Hillary Clinton en las primarias demócratas, también en New Hampshire, por 20 puntos sobre la ex secretaria de estado, se presenta como el candidato socialista de los EE.UU, Independiente, que defiende a la clase trabajadora y media de la creciente desigualdad económica.

El duro e intenso debate entre ambos candidatos encendió la mecha de las diferencias ideológicas no solo entre ambos rivales sino también en las corrientes que pugnan por dominar los próximos años la agenda demócrata, consciente el partido de que la mimetización del burro demócrata con el elefante republicano podían dejar sin representación intereses sociales que se habían ido acentuado con la crisis iniciada el 2008.

Sanders criticó la independencia de Clinton por recibir financiamiento de las grandes empresas: “No insultemos a la inteligencia de la gente. ¿Por qué Wall Street, las farmacéuticas, y las petroleras gastan millones de dólares en campañas? ¿Sólo por diversión?”.

En respuesta Clinton aseveró que “recibir donaciones de Wall Street no quiere decir que nio se pueda ser independiente”.

Apelando a los problemas raciales y de pobreza, Sanders declaró que “en lugar de dar recortes de impuestos a los millonarios, vamos a crear millones de puestos de trabajo para los niños de bajos ingresos, para que no sigan en las esquinas”.

La candidata abrió los fuegos, consciente que el crecimiento de Sanders en los caucus la obligaba a adoptar una postura más ofensiva, diciendo que “en base a las propuestas de Sanders, el tamaño del gobierno federal aumentaría en un 40%. Todos los economistas que han hablado sobre su programa de sanidad gratuita universal dicen que los números no cuadran”.

En materia migratoria, la ex secretaria aseguró que “hay que mandar el mensaje a las familias de Centroamérica de que no envíen a sus hijos a este viaje tan peligroso”, en respuesta Sanders replicó que “cuando vemos a gente huyendo de Honduras y países con tantos problemas de violencia en Centroamérica, no creo que los debamos echar (…) no sé a quienes estás mandando un mensaje. Estos son niños que huyen de la guerra”.

Una nueva etapa de discusión abierta se abre en EE.UU. obligando a los partidos a responder a los problemas que provocan las repetidas crisis del sistema económico; una era dominada no por los discursos de progreso ilimitado sino por los miedos y angustias de la gente humilde que no logra alcanzar la dignidad en el paraíso de las oportunidades.

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