El tono no fue suficiente

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    Cómo un reflejo del ambiente que vive el país, la Presidenta Bachelet recorrió en un auto descapotable, este 21 de mayo, las calles que anteceden al Congreso, con un serio ministro Burgos que la acompañaba, mirando en todas las direcciones, sin encontrar al público para saludar a la mandataria o que ésta pudiera dirigir algunas sonrisas. Fue un testimonio gráfico de la soledad del poder.

    Sólo el comité de pórtico del Congreso, la hizo sentirse más acogida y luego de una hora y 30 minutos de un corto discurso, para la cuenta anual del ejecutivo, la mayoría tendió a coincidir que desde el tono que usó la mandataria, hasta el contenido, indicó que la mandataria cerraba un ciclo. Sorprendente, si consideramos, que se encuentra en la mitad de su período presidencial, pero todo apuntaba a reiterar que “la obra gruesa” del gobierno ha concluido, y que ahora sólo quedan las terminaciones finales.

    Sus palabras colocaban un freno a la retroexcavadora, pero no indicaban un cambio de dirección, más bien la mandataria apostaba a consolidar lo logrado. Se mantenía eso sí, una constante de la segunda administración de Bachelet, la falta de definiciones, la ambigüedad a pesar del maximalismo de su afán refundacional.

    Porque lo cierto, es que en este caso las terminaciones son tanto o más importante que la obra gruesa, de ella dependen el éxito o el fracaso de la mayoría de las reformas: tributaria, educacional, laboral y el proceso constituyente. Este discurso dio la impresión que se conformaba con la “primera piedra” y con haber echado andar un proceso que el gobierno considera irreversible, como si fuera una bola de nieve, que se alimenta sola en la medida que va cayendo, pero quien le dio el primer impulso, no sabe, ni le interesa dónde va a llegar y que efectos producirá.

    Incluso en los anuncios que colocaban el acento en el crecimiento económico, hubo palabras de buenos deseos, una declaración de intenciones, señalando que “había que tomar muy en serio el crecimiento económico”, “porque sin crecimiento, el progreso social termina siendo una ilusión”. Pero no hubo un solo anuncio que tradujera esas palabras, en una política clara que permitiera asumir, con cierta esperanza, que habría un cambio de orientación en el plano económico.

    La urgencia de esta orientación, la ratificó la encuesta Cadem de esta semana, al indicarnos que un 70 % de los consultados, perciben que la situación de trabajo es mala o muy mala, y sólo un 18% la ve en forma positiva, siendo el peor registro desde junio de 2014

    Los gobiernos tienen como obligación, marcar rumbos, que esas metas luego sean dialogadas, negociadas y acordadas es parte del juego democrático. Pero el rol de conductor es insustituible para el poder ejecutivo y lo es más aún, cuando el gobierno ambiciona refundar el país, y además enfrenta situaciones económicas complejas.

    Bloomberg, el influyente medio que domina la agenda de Wall Street, señaló que las reformas del gobierno de Bachelet enfrentan una fuerte oposición tanto dentro como fuera de su coalición, y que el discurso del 21 de mayo reveló que este está reduciendo sus ambiciones y reconociendo implícitamente que muchas de sus promesas no podrán ser cumplidas.

    Pero de ser así, no debiéramos concluirlo, por el tono que usó la presidenta para dar su discurso, sino que es al gobierno, al que le corresponde, con liderazgo reconocer errores, y decir si va enmendar el rumbo y hacia dónde quiere ir.

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