Leyendo a Bertrand Russell, un hombre con corazón socialista pero de alma liberal

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A propósito de mi último comentario político, donde aludí al gran filósofo británico Bertrand Russell (1872-1970), premio Nobel de Literatura y Humanidades en 1950, traigo a colación uno de los más bellos y extensos libros de no ficción que he leído en mi vida: su “Autobiografía”.

La lei hace más de cuatro años, en plena efervescencia política en Chile durante las masivas protestas estudiantiles por el acceso a la educación pública, entre otros problemas sociales y políticos, que fueron insuficientemente atendidos durante los primeros 20 años de esta pseudo-democracia.

En las más de mil páginas que tiene este libro, Russell no sólo nos narra su vida personal, sino la historia de sus ideas, aquellos hitos de su vida que motivaron sus convicciones. Cómo fue, por ejemplo, que desde temprana edad asumió que Dios no podía exisitir (me reí mucho cuando leí esa parte).

También nos habla de sus amistades con los más diversos personajes históricos: filósofos como Withehead, Moore y Wittgenstein, escritores como Lawrence y Conrad, políticos como Lenin (de quien se distanció luego de que la revolución comunista mostrara su faceta tiránica), economistas como Keynes (a quien elogia como un hombre bueno, sencillo y de los más inteligentes del siglo XX), etc.

Pero sobre todo nos relata la historia de sus principales obras, como “Principia mathematica” (su trabajo de ciencias más difundido), “Religión y ciencia” (donde expone su visión subjetivista de los valores), “¿Por qué no soy cristiano?” (su principal ataque a la religión), “El poder en los hombres y en los pueblos” (su principal tratado de filosofía política), “Historia de la filosofía occidental” (su mayor contribución a la difusión de esta disciplina), “El contenido de la felicidad” (obra de divulgación que, en su momento, lo sacó de apuros económicos), “Autoridad e individuo” (sus conferencias para la defensa de una convivencia pacífica y libre de tiranías, en las que defiende la constitución de un gobierno mundial), etc.

En la medida que la obra avanza, su relato es cada vez menos privado y más público, porque su activismo social y político fue cada vez más frecuente. Al punto de haber sido encarcelado dos veces por su participación en protestas antibélicas. La segunda vez ocurrió a principios de la década del 60′, ¡cuando era un anciano de más de noventa años!, por haber dirigido una especie de funa contra una base nuclear del gobierno británico.

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En esta faceta de activista, se destacó también por su participación en el Tribunal (ético) contra los crímenes de guerra cometidos por el gobierno norteamericano en Vietnam. Tribunal que integró Jean Paul Sartre, el otro gran pensador del siglo XX.

Russell representa para mí, por un lado, el valioso esfuerzo humano por practicar una rectitud moral autoexigente, prescindiendo de la existencia de un ser superior y de una religión. Y por otra, la simultánea defensa de la libertad política y de la justicia social. Libertad sin ese “laissez-faire” económico por medio del cual se destruye el carácter de los trabajadores de la industria y se envía a niños a trabajar en las minas de carbón (la frase es de Isaiah Berlin) e Igualdad sin esa tiranía que subestima la libertad individual por querer confundirla con la “libertad burguesa” (el argumento es de Albert Camus).

En síntesis, me atrevería a decir que Russell fue, políticamente, un hombre con corazón socialista pero de alma liberal, entendiendo el término “liberal” por su genuino sentido: como “liberalidad”, liberalidad del alma…

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