Peña insiste en el dilema democrático y moral de la sociedad chilena en el debate del aborto

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El rector de la Universidad Diego Portales y columnista de El Mercurio, Carlos Peña, insistió en el dilema democrático y moral al que se enfrenta la sociedad chilena respecto al tema del aborto en tres causales.

En una carta enviada a El Mercurio, Peña sostiene que “algunos de sus lectores no parecen comprender qué se quiere decir cuando se afirma el embarazo de un feto inviable o el fruto de una violación; conductas que no es razonable que la ley o la moral exijan. Una breve explicación del concepto quizá les permita participar del debate con algo más de información”.

El académico explica el concepto de lo supererogatorio desde el punto de vista de lo teológico y filosófico, indicando que este pertenece a la tradición de la Iglesia Católica, “donde, desde muy antiguo, se distingue entre “preceptos” y “consejos””.

La distinción ya se insinúa en Mateo XIX, 16-24, donde se establece que dejar todos los bienes y dárselos a los pobres es bueno, puesto que permite alcanzar la perfección, pero no es obligatorio. Y hay otro ejemplos: la virginidad tiene un valor superior, pero ello no prohíbe casarse; Dios hizo los bienes comunes (recuerda Graciano) y eso es muy bueno, pero eso no equivale a prohibir la propiedad privada”, precisa.

Peña añade que tal debate pasó luego a la filosofía moral, en donde se ha sostenido que hay conductas que son correctas hacerlas, pero no incorrectas omitirlas y “esas son, en un sentido general, las conductas supererogatorias”.

Pues bien. La pregunta que cabe formular es si resulta o no moralmente debido sostener el embarazo de un feto inviable, mantenerlo a riesgo de la propia vida o tolerar el embarazo que es fruto de una violación. Aceptemos que mantener esa conducta es bueno; pero –ya sabemos- eso no basta por sí solo para decir que es siquiera moralmente obligatorio”, afirma.

El rector de la UDP señala que “tanto lo moralmente obligatorio como lo jurídicamente obligatorio suponen deberes de reciprocidad y entonces la pregunta que cabe formular es si resulta razonable que los miembros de una sociedad democrática se exijan unos a otros, coactivamente, conductas de esa índole, conductas que, como enseña la tradición católica, pueden conducir a la perfección, pero no son obligatorias de ejecutar”.

Peña menciona que “si no es obligatorio dar todos los bienes a los pobres para alcanzar la perfección (salvando así muchas vidas atrapadas por el hambre), ¿por qué sería obligatorio sostener un embarazo de un feto inviable? Mantener el embarazo que es fruto de una violación es, no cabe duda, una conducta buena; pero, ya se sabe desde antiguo, no basta que algo sea bueno para que sea moralmente debido o jurídicamente obligatorio. Regalarlo todo a los pobres es bueno; pero solo es obligatorio pagar impuestos”.

El académico extrema el ejemplo con la idea de prohibir el uso del automóvil, debido a que la vida es el valor final y se sabe que estadísticamente un número de personas morirán por accidentes de tránsito.

Si la vida de veras tuviera ese valor definitivo, un valor que derrota toda otra consideración, entonces sería debido sacrificar todo lo superfluo y donarlo para evitar así que alguien muera por falta de recursos”, explica.

Por tal motivo, señala que “cuando se discute del aborto en las tres causales que el proyecto de ley contempla no se está discutiendo si la vida es o no sagrada (ya se vio que argüir eso no logra derrotar toda consideración, sino que se está discutiendo, nunca se insistirá demasiado en ello, qué deberes se pueden exigir unos a otros los miembros adultos de una sociedad plural. Y si acaso conductas heroicas –como sostener el embarazo a riesgo de la propia vida o tolerar el fruto de una violación- pueden ser exigidas a las mujeres bajo la amenaza de pena estatal”.

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