viernes, marzo 29, 2024

Carlos Peña no suelta a Francisco y ahora lo interpela: ¿Cuál es el lugar del Papa en una sociedad abierta y democrática, como la que comenzará a visitar mañana?

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Este domingo, nuevamente el abogado y columnista Carlos Peña,
¿Cuál es el lugar del Papa en una sociedad abierta y democrática, como la que comenzará a visitar mañana?

En una sociedad abierta, respetuosa de sus miembros, las creencias religiosas, la fe, la convicción acerca del sentido último de la vida y de la historia, tienen pleno derecho a existir. Esos puntos de vista enriquecen la vida pública y ofrecen a los individuos un guión que podría guiar su propia trayectoria vital. La condición humana está, sin ninguna duda, aguijoneada por la búsqueda de sentido, y por eso la religión, el sentido del misterio, el horizonte de lo inefable, eso que R. Otto llama lo numinoso, forman parte inescindible de cualquier cultura.

Por eso las predicciones de alguna sociología, según la cual la modernidad espantaría el sentimiento religioso, secularizando poco a poco todos los intersticios de la cultura, son obviamente falsas. La pasión por el consumo, la mejora en las condiciones materiales de la existencia -que son los fenómenos que Chile ha experimentado- no apagan el anhelo de que la propia trayectoria vital tenga un sentido que la exceda. Las encuestas muestran que (tal cual lo sugirió alguna vez Peter Berger) ese sentido se protestantiza, es decir, se hace cada vez más individualizado y selectivo (por eso la catolicidad disminuye como lo muestra Latinobarómetro), pero no se apaga.

Y es que los seres humanos no pueden resignarse a la finitud, a la idea de que todo esto es un chispazo sin sentido.

Todo lo anterior justifica la relevancia que se le ha conferido a la visita del Papa; se trata, después de todo, de una figura que ilumina, por la representación que inviste y la emoción que desata, la vida de la mayoría de los chilenos.

Pero, como todos saben, del hecho de que un puñado de creencias o puntos de vista sean abrazados por la mayoría, no es una razón para pensar que, por ese solo hecho, ese puñado de creencias o puntos de vista sea mejor o más verdadero que cualquier otro. Entre las cosas que cree la mayoría o que inspiran la cultura, hay varias que cuando se las mira reflexivamente no son dignas. Todos los argumentos que se hacen contra el asambleísmo (la pretensión que basta que una muchedumbre quiera algo para que sea obligatorio concederlo o considerarlo correcto) valen también contra quienes piensan que porque la mayoría cree lo que Francisco predica, entonces debe ser digno de ser considerado verdadero u obligatorio guardar silencio frente a él.

Obviamente, creer algo así -creer que porque la mayoría abraza unas determinadas creencias, ellas deben ser aceptadas acríticamente- es una estupidez que nadie sensato aceptaría.

Por eso algunas preguntas a Francisco -tres de ellas bastan y ninguna refiere a la fe, sino al papel social que la Iglesia reivindica- son casi un deber intelectual.

En primer lugar, cabría preguntarle acerca de la distancia entre lo que proclama en sus declaraciones ante los medios (que parecen pensadas para halagar lo que la gente quiere oír) y lo que la doctrina afirma (y que al mismo tiempo él defiende). Un buen ejemplo es su actitud ante la homosexualidad. Dijo en una de sus declaraciones (en un tono que sonó suavemente calculado) que él no era nadie para juzgar, pero al mismo tiempo la doctrina que profesa y defiende la condena como antinatural. ¿Cómo explicar esa inconsistencia, Francisco? ¿Acaso condenar no supone juzgar?

En segundo lugar se encuentra el abuso de niños. La Iglesia es una institución total (la expresión es de Goffman), que por eso crea oportunidades para abusar de niños y niñas (sensibles más que nadie a las fantasías) de una manera casi inimaginable. Por estos días hay un buen ejemplo con los Sodalicios. Pero apenas ayer estaban los Legionarios. Y anteayer Karadima. Y el caso del obispo J. Barros. Y en Boston, la complicidad del cardenal Law. Entonces, Francisco, la pregunta es obvia: ¿Cómo una institución que se ha mostrado incapaz de sujetar la conducta de algunos de sus miembros pretende, no obstante, guiar la conducta de los ciudadanos y aspira a modelar la ley civil?

En tercer lugar se encuentra ese leve tono demagógico con que se analiza la sociedad actual. Se critican el consumismo, la soledad contemporánea, la marginalidad. Todos esos, es verdad, son graves defectos de la sociedad contemporánea; pero si se pide a los políticos algo más que sumarse al coro de las quejas y, en cambio, se les exigen ideas razonadas para hacer frente a la vida en los rigores de este valle de lágrimas, ¿no hay algo de facilismo, Francisco, algo de santa demagogia, algo de simple buenismo, un discurso facilón, en reiterar una y otra vez, adornadas con el rito y con la pompa, las quejas que cualquier adolescente sería, por sí mismo, capaz también de elaborar?

El sentido de lo religioso, no hay duda, tiene un lugar garantizado en este mundo. Pero la influencia en la esfera de la cultura no tiene garantía alguna.

Esa influencia -si quiere persistir- debe persuadir a una ciudadanía reflexiva y, luego de disipadas la emoción y la puesta en escena, dar respuestas plausibles a preguntas obvias.

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