El Cambio Climático, el Calentamietso Global son los temas que vienen marcando la agenda mundial, primero como agenda alternativa, pero ya pasó a primera línea y con la irrupción de la joven sueca Greta Thunberg, y su emotivo y duro discurso ante la ONU, ha motivado el análisis dominica de Carlos Peña, análisis que seguramente gatillará el malestar hacia el abogado dado que aborda aspectos de la personalidad de Greta y del fondo de su discurso: “Si el cambio climático implica muchos peligros, el fanatismo, ese espíritu de cruzado que parece estar poco a poco acompañando a Greta, implica muchísimos más (…) Y es que no es muy razonable inclinarse, sin más, ante una adolescente que enarbola un discurso toscamente moral”.

A continuación la columna-análisis completa de Carlos Peña que tituló “La semilla de Greta”:

“Es verdad que el planeta se ha estropeado
y también es cierto que hay que hacer esfuerzos para detener ese proceso, y que en eso no solo Greta, sino los científicos que lo han venido diagnosticando tienen toda la razón; pero todo eso no ha de hacer olvidar que en lo que va de historia humana es el fanatismo (la semilla que lleva Greta y que siempre confunde la obviedad del problema con la sencillez a la hora de resolverlo) el que ha causado más sufrimientos a los seres humanos. Si el cambio climático implica muchos peligros, el fanatismo, ese espíritu de cruzado que parece estar poco a poco acompañando a Greta, implica muchísimos más.

El discurso que Greta pronunció en las Naciones Unidas —donde se negó a sentarse en primera fila, mientras el Presidente Piñera abrigaba la secreta esperanza de que lo hiciera a su lado— dio miedo; aunque no por lo que, según ella dijo, estaba ocurriendo en el planeta, sino por el tono con que lo pronunció. Era el tono de quien está en este mundo en carácter de acreedor de todos quienes le antecedieron y despojado de cualquier deuda, el tono de quien se aferra a una sola verdad creyendo que ella resume y encierra a todas las demás.

El tono de un erizo.

Isaiah Berlin, en un texto famoso, se sirvió de un fragmento de Arquíloco para distinguir dos tipos de actitudes intelectuales: la del zorro y la del erizo. El zorro, dijo, sabe muchas cosas no siempre consistentes entre sí; el erizo, en cambio, sabe solo una cosa y grande. El espíritu de Greta parece ser el del erizo: se aferra a una sola cosa a la que se subordinarían todas las otras.

Como ocurre a todas las personas que creen haber abrazado la verdad final —una verdad que los otros por miopía, mezquindad, ambición, tontería, maldad o traición se niegan a ver—, en Greta se anida, voluntaria o involuntariamente, la semilla del fanatismo, la convicción de haber descubierto una verdad apocalíptica para cuya evitación ningún precio resultará demasiado alto. El fenómeno ha sido recurrente en la cultura humana. El caso más citado es el del milenarismo, la creencia de inspiración religiosa que alguna vez movió a multitudes y según la cual el juicio final que distinguiría entre puros y pecadores llegaría pasado mañana (la gente entonces se reunió en los bosques esperando ocurriera) o la convicción de que la historia tenía un sentido inmanente y que los seres humanos eran de dos clases, los que empujaban la corriente del tiempo y los que, por codicia o ignorancia, estaban en la vereda de enfrente (a estos últimos se les finiquitaba porque ¿cómo aceptar que una vida individual pusiera obstáculos a la gran caravana de la historia?). Greta en su discurso ante las Naciones Unidas está catalizando, con ayuda de los medios y la flojera intelectual de las audiencias, otra distinción: la que media entre los malvados, negligentes y traidores sobre quienes pesa una deuda (las generaciones más viejas) y sus acreedores puros, portadores de limpios ideales (las nuevas generaciones). Los primeros, envilecidos por la codicia material o la estupidez, y los segundos, liderados por Greta y ofendidos por la maldad del mundo. Los primeros mintiendo una y otra vez con el fin de acumular riquezas, los segundos recordando una y otra vez la necesidad de un mundo más sencillo (aunque en este caso la sencillez incluyó a Pierre Casiraghi, quien transportó a Greta, lo que prueba que se puede abrazar la verdad sin abandonar la acumulación o la frivolidad de una vida fácil).

Por supuesto, todo ese simplismo —pronunciado con una convicción granítica por la que no se infiltra o cuela la más mínima duda o el más leve afán de comprender al otro— no es raro en una adolescente que tiende a poseer pensamientos inflexibles, y que después de haber crecido en una sociedad hastiada de bienestar, anhela la realización de valores posmaterialistas. Lo raro y de veras preocupante es que el mundo más viejo —ese grupo de personas a quienes Greta, sin arrugarse, interpeló llamándolos traidores— escucha a esta nueva Jeremías con él ánimo crítico anestesiado, como si en ella refulgiera la verdad y nada pudiera relativizarla. Desde Obama a Francisco se han inclinado ante ella, contribuyendo a fortalecer el aura que la rodea. En vez de contribuir al escrutinio más racional del problema, se ha obrado frente a Greta con un paternalismo frívolo que le concede, sin más, la razón.

Nada de eso debe ser aceptado.

Y es que no es muy razonable inclinarse, sin más, ante una adolescente que enarbola un discurso toscamente moral.

Es verdad que el planeta se ha estropeado y también es cierto que hay que hacer esfuerzos para detener ese proceso, y que en eso no solo Greta, sino los científicos que lo han venido diagnosticando tienen toda la razón; pero todo eso no ha de hacer olvidar que en lo que va de historia humana es el fanatismo (la semilla que lleva Greta y que siempre confunde la obviedad del problema con la sencillez a la hora de resolverlo) el que ha causado más sufrimientos a los seres humanos.
Si el cambio climático implica muchos peligros, el fanatismo, ese espíritu de cruzado que parece estar poco a poco acompañando a Greta, implica muchísimos más. La historia humana está erizada de ejemplos de lo que ocurre cuando se deja crecer a este último. El cambio climático amenaza la vida biológica, es cierto (y por eso hay que intentar detenerlo); pero el fanatismo que se puede encender en su derredor puede amenazar la vida reflexiva (y sin esta ni el cambio climático será realmente comprensible).

Sobre todo cuando, como es el caso, se trata de un fanatismo que reúne cada vez más a favor suyo a dos aliados —la ciencia y la adolescencia— que acostumbran a enrostrar a los demás la verdad que presumen haber descubierto”, remata Peña.

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