Este domingo el abogado Carlos Peña, analiza el “error comunicacional” del Gobierno al entregar las cifras de desempleo y tal como publicó INFOGATE: “No es fake news: Desempleo en enero real es de 132.551 y no 37.790.

Peña en su lenguaje sin rodeos plantea:“No fue, pues, el de Arab un error comunicacional, sino una tontería, una chapuza, una desprolijidad, un descuido inexcusable cometido por quien se supone conoce el área que ha sido puesta a su cargo (…) Como se verá, ese mal no es un efecto de una comunicación errónea, sino de la tontería (como aquella en que incurrió Arab) o de la insinceridad (como aquella en que se esmera el Presidente)”.

El siguiente es el análisis completo y complejo:

El subsecretario del Trabajo, Fernando Arab, informó que las cifras de despido por necesidades de la empresa habían alcanzado solo 37.790, a pesar de la crisis y la revuelta. Se escucharon entonces aplausos de sorpresa. Días después, sin embargo, el mismo Arab salió a corregir esa información: en realidad las cifras de despido ¡se habían empinado a 132.552! No había, pues, motivo alguno para los aplausos.

Continuó dando explicaciones —si pueden llamarse explicaciones a unas frases inconexas y deshilvanadas— el ministro de Economía, una de esas personas extrañamente convencidas de que andar en mangas de camisa y levemente transpirado es una forma de acercarse a la ciudadanía.

Lo que había ocurrido, dijo, era que la metodología había cambiado. Se trata, pues, agregó de un “error comunicacional”.

Basta detenerse en esa explicación para darse cuenta de uno de los males que aqueja al Gobierno.

Como se verá, ese mal no es un efecto de una comunicación errónea, sino de la tontería (como aquella en que incurrió Arab) o de la insinceridad (como aquella en que se esmera el Presidente).

Llamar error comunicacional a un defecto de comprensión de los datos es una forma apenas cantinflesca de ocultar un error intelectual, una desprolijidad obvia. Todos los errores intelectuales en la medida que se comunican pasan a ser, como es obvio, comunicacionales, pero no es la comunicación el problema, sino el malentendido intelectual que los origina. ¿Qué diría un profesor del alumno que luego de decir una tontería o malentender una información se excusara diciendo que lo suyo no era más que un error comunicacional? No cabe duda de que consideraría que el alumno requiere particular atención, puesto que ni siquiera es capaz de comprender en qué consisten los errores que comete. Y sin comprenderlos es muy difícil que pudiera corregirlos.

No fue, pues, el de Arab un error comunicacional, sino una tontería, una chapuza, una desprolijidad, un descuido inexcusable cometido por quien se supone conoce el área que ha sido puesta a su cargo.

Un error comunicacional, en cambio, se configura cuando la forma de la comunicación no se condice con el contenido del mensaje (el Presidente en actitud épica y entusiasta comunicando una medida que apenas ayer consideraba ineficiente); o cuando la comunicación, por ejemplo una frase u oración, es ambigua de manera que el receptor recibe varios mensajes (por ejemplo, se dice que el radio es peligroso, sin especificar si se refiere al elemento químico o al aparato de comunicación); o, en fin, cuando el instrumental lingüístico es escaso para dar a conocer una información compleja o inefable (cuando el cura emplea metáforas toscas para hablar de la trascendencia).

Pero acá no hubo ninguna de esas hipótesis. No hubo inconsistencia entre la forma y el contenido ni ambigüedad semántica ni lo que se trataba de comunicar era inefable.

Fue simple torpeza. Una más de las tantas que se han cometido.

El incidente no sería más que una anécdota si no fuera porque en tiempos como los que corren, en los que la confianza flaquea y la legitimidad se deshace, andar cometiendo errores de ese calibre lo único que hace —fuera de despilfarrar el prestigio de quienes incurren en ellos— es deteriorar todavía más la autoridad y la prestancia intelectual del Estado.

Desgraciadamente, la idea de que el Gobierno ha cometido errores comunicacionales, o que ha sido escaso en comunicar, es de los pretextos más frecuentes con que las autoridades ocultan el fracaso o los tropiezos en los que, con frecuencia, incurren.

Esta idea de los errores comunicacionales (también los esgrimió en su hora la Presidenta Bachelet) es de las formas más obvias y más toscas con que se intenta ocultar la simple ineptitud. Descansa en la idea de que el emisor de los mensajes (en este caso, el Gobierno) es sagaz y atinado en su quehacer y que si la gente no es capaz de advertir su tino y su sagacidad, es que hay deficiencias en la comunicación.

Pero en el caso del gobierno del presidente Piñera no hay errores comunicacionales.

Hay torpeza, como en las cifras del despido, o hay insinceridad, lo que es peor.

La insinceridad se nota en un gobierno que promueve con tono épico un puñado de medidas en las que nunca ha creído, que contradicen su programa de gobierno y que, como todo el mundo sabe, el Presidente aceptó solo para salvar los muebles siguiendo esa vieja máxima de hacer de la necesidad una virtud.

Así que, pensándolo bien, Arab no incurrió en error comunicacional, solo mostró una inocente ineptitud; Piñera, en cambio, reafirma una y otra vez con sus actos y sus gestos la insinceridad, esa máxima de G. Marx en la que parece creer a pie juntillas: ¡Estos son mis principios, y si no le gustan tengo estos otros!”, remata Peña.

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