No tengo nada que celebrar, porque no tengo pareja. No tengo nada que celebrar, se murió mi esposa. Se fue el amor. Enfrentar una fecha como el 14 de febrero cuando se está pasando por un duelo, ya sea por muerte o por la separación del ser amado, es mucho más complejo que para la mayoría de las personas.

“El amor es una emoción que surge ante un evento o acontecimiento, ante una vivencia y por cierto, ante un recuerdo. Sí, yo perdí a un ser amado, la muerte se lo llevo, el cáncer. Pero no perdí y nunca perderé el amor por él, ese está conmigo siempre”, explica Álvaro Acuña, autor del libro Antes de Vivir, coach y candidato a doctor en psicología positiva, quien entrega algunas pautas para enfrentar esta fecha especial, cuando se está viviendo un dolor.

Álvaro comenzó su trabajo como escritor tras la experiencia vivida con la enfermedad de su hijo Simón, quien falleció a la edad de 8 años, víctima de un cáncer, que lo mantuvo luchando durante años.

El experto señala que el amor es una emoción, pero la pena y rabia también ¿cómo lograr que el amor le gane a la pena y la rabia? Difícil pregunta y más difícil respuesta, asegura, agregando que lo que sabemos hoy, es que las emociones se desprenden de la explicación que le demos a la situación que provocó esa emoción y cada persona decide que explicación darle a un evento.

“Una explicación que no es racional, la hemos construido a lo largo de nuestras vidas, desde que nacemos nuestras familias nos van “explicando” la vida como ellos la conocen, la perciben. Ciertamente luego cada uno de nosotros, en base a nuestras experiencias y los grupos humanos con los que compartamos (colegios, iglesia, amigos, trabajo) vamos modificando, afirmando o creando nuestras propias explicaciones de la vida, nuestras propias creencias”.

Señala, además que, bajo esta teoría, un ejemplo es cómo dos hermanas criadas bajo el mismo techo, ante un evento negativo tienen distintas emociones, una puede ser más pesimista y otra más optimista. En estas dos formas de ser, radica lo que podamos ser y vivir.

“Yo perdí un hijo, me duele, me da rabia, puedo vivir en la angustia el resto de mi vida o en la alegría de haberlo tenido. Simón murió a los 8 años, la pena y la tristeza que sentía en su lecho de muerte eran provocadas por la explicación, creencia de que había vivido muy poco. La conformación o el aprender a vivir con esa pena fue al cambiar la explicación y agradecer el haberlo tenido, el haber vivido junto a él 8 años, los mejores 8 años de mi vida. ¿Acaso si pudiéramos elegir, elegiríamos que no naciera el ser amado que muere antes que nosotros, que nazca otro más sano? No, no es mi caso. Vivo con el dolor de no tenerlo, pero el amor de su vida, sus recuerdos, es más grande que toda tristeza y aprendí a decirle hola a ese nuevo Simón, que ya no puedo ver, pero existe”, agrega.

Álvaro Acuña señala que en un día como hoy, más allá de si se tiene pareja o no, hay varias formas en que podemos disfrutar y no deprimirnos por el hecho de estar sufriendo una pérdida: Disfrutar el ambiente, no predisponerse a nada, caminar por la calle y sonreír, saludar con cariño y detenerse a conversar, dar la mano o un abrazo.

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