Este domingo, el abogado y rector Carlos Peña revisa cómo el Coronavirus (la peste) afecta el comportamiento público, de las autoridades: “Los niños cuando temen algo que no comprenden del todo no enmudecen ni reflexionan, sino que hablan una y otra vez como si al llenar el silencio con palabras desalojaran lo que temen. Algo de eso ocurre con el espacio público chileno: se ha infantilizado“.

Aunque Peña no se refiere a autoridades en particular, sin duda que uno de los mejores exponentes de este “infantilsimo” es el hoy totodopoderoso ministro de Salud, Jaime Mañalich quien, este sábado aseguró que “vivimos una suerte de pánico viroterrorista”.

A continuación el texto completo de Peña que tituló: “Los costos de la peste”

Quizá el principal costo del coronavirus, covid-19 o como quiera llamársele, es el empobrecimiento del debate público, un cierto envilecimiento de las palabras y de las ideas.

Basta reparar en el hecho de que el principal acontecimiento de esta semana –que desató aplausos cuando lo único que debiera provocar es desazón– fue la cuarentena coactiva para casi cinco millones de personas.

Es cosa de mirar la televisión, hojear los diarios, escuchar la radio u oír una conversación cualquiera para que toda ella gire en torno al famoso virus, el encierro que provoca, las posibilidades de que ceda o se incremente, el número de muertos que causa y cosas así. Los médicos, enfermeras, tecnólogos, auxiliares, etcétera, se han transformado en los personajes de la hora y se les escucha esperando de ellos una revelación para acabar enterándose siempre de lo mismo, de manera que tanto da oír a este o aquel. Y en un alarde de imaginación poética, que retrata como nada lo que está ocurriendo, hay quien (cuyas lecturas por lo visto han de reducirse a los cómics) los llama “héroes sin capa”.

Quizá todo eso sea el simple fruto de un miedo inconfesado. Se habla de la peste una y otra vez como una forma, sin duda, de aceptar una realidad inmanejable y de espantar el miedo. Los niños cuando temen algo que no comprenden del todo no enmudecen ni reflexionan, sino que hablan una y otra vez como si al llenar el silencio con palabras desalojaran lo que temen. Algo de eso ocurre con el espacio público chileno: se ha infantilizado. Es como si se creyera que las palabras, las ideas recibidas y los lugares comunes en torno al virus, repetidos una y otra vez, lograran exorcizarlo y espantarlo. Reducida a la presencia del virus y su amenaza, la realidad se estrecha y se angosta, se empobrece y se aligera hasta quedar reducida al miedo y su amenaza. Se trata de un fenómeno cercano a la paranoia: un angostamiento de la realidad que, en la mente del paranoico, la deja reducida a un desfiladero donde acecha el peligro.

El fenómeno es, por supuesto, explicable; pero no debiera dejársele cundir, porque entregado a sus anchas el miedo casi siempre acaba desalojando a la realidad y reduciendo la experiencia del mundo a una o dos pulsiones básicas.

Y cuando ello ocurre el triunfador es casi siempre el populismo, la demagogia, el gesto del payaso, del audaz o del simplón, la receta de soluciones fáciles, la vuelta al primitivismo que reduce la complejidad del mundo y sus problemas a una o dos variables o, peor aún, a una conspiración o una astucia deliberada y maligna.

Algo de eso está ocurriendo hoy en el espacio público chileno.

No debe ser impune que el diálogo se estructure en torno a la simpleza del miedo, que las voces del espacio público sean alcaldes las más de las veces alarmistas, que comentan y aplauden el encierro obligado (¿habrá mayor síntoma de lo que está ocurriendo que la alegría que desató esta semana el decreto de un encierro coactivo?), o políticos que intentan, a fuerza de alimentar el pánico o comentarlo, hacer olvidar el moho que los envuelve.

El fenómeno es preocupante si se suma a lo que venía ocurriendo desde octubre, en que una ola de simplismo comenzó a ocuparlo todo y el discurso bien pensante se entusiasmó con el aplauso fácil. Hoy es el virus y su presencia maligna; ayer fue la desigualdad y su experiencia lacerante; anteayer, el lucro. En todos esos casos el simplismo encuentra un terreno fértil para prosperar y la realidad acaba siendo alisada, desprovista de matices y de esquinas, el tiempo se reduce al presente, el futuro no importa y todo acaba siendo un ahora sostenido que ya no es una experiencia temporal, sino apenas la sensación de estar en una meseta que no acaba nunca.

Javier Marías –el extraordinario escritor español, una de las voces más notables de la literatura actual– sugirió tolerar estos días recordando lo que Joseph Conrad dice del barco. En el barco del siglo XIX los marineros estaban reducidos por meses a un espacio pequeño y escapaban del tedio gracias a una cierta rutina que ordena el tiempo y hace desaparecer, siquiera por momentos, la experiencia del encierro.

Hay, sin embargo, habría que agregar, una diferencia entre la experiencia del barco que, según recuerda Marías, relata Conrad, y la jaula invisible en que el coronavirus tiene sumida a la sociedad entera. El barco es en realidad el esfuerzo de un viaje cuyo horizonte es un descubrimiento, un futuro prometedor que el capitán dibuja y que, alcanzado, permitirá descender para atesorar lo que se encuentre y volver con él al punto de partida. El diálogo de hoy en torno al virus, en cambio, está desprovisto de todo futuro, de manera que la sociedad entera parece estar embarcada simplemente en medio de la niebla y de la bruma, y donde, para espantar el miedo, se concede la palabra por igual al alarmista, al enmohecido, al payaso y al histrión.

La sociedad saldrá de esta peste, sin duda (para repetir otro lugar común: nada dura para siempre), pero de seguir así las cosas emergerá más simplista y más ignorante de lo que solía ser, y todo ello como resultado del miedo y la vacía rutina verbal que se ha instalado en torno a él”, remata Peña

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