Las relaciones chileno – bolivianas no han sido fáciles, aunque si han tenido buenos momentos. El último ocurrió con la llamada “agenda de los 13 puntos” que desbarrancó el 2011. Luego vino el juicio ante la Corte Internacional y ya sabemos su resultado.

A poco mas de un año del fallo de la Corte, ambos países enfrentamos a fines del 2019 fuertes crisis políticas. El 18 de Octubre se inició el “estallido social” chileno, y tres días después, el domingo 20 de Octubre Bolivia concurrió a elecciones generales que terminaron desencadenando una aguda crisis política que puso fin a los 13 años de gobierno de Evo Morales y el Movimiento al Socialismo.

En Chile el estallido social persistió hasta diciembre, tuvo una pausa veraniega, pero el 8 de marzo mostró que la sociedad seguía con sus demandas insatisfechas. En Bolivia, producto de un acuerdo, surgió un gobierno transitorio que se suponía, convocaba en el plazo de 90 días a nuevas elecciones. Entonces llegó el virus.

La primera conclusión que podemos sacar, es que en ambas sociedades se vivían crisis sociales que no están resueltas, pero que ingresaron temporalmente al congelador ante la amenaza letal de la pandemia. En Chile el Congreso postergó la realización de un plebiscito constitucional para octubre, y en Bolivia, el Parlamento hizo lo propio con la campaña y las elecciones, fijándolas para agosto, aunque el Tribunal Supremo Electoral (y varios partidos opositores al MAS) impugnan esa fecha.

La pandemia vino aparejada de los respectivos estados de excepción, implantación de toques de queda, cuarentenas y cierre de fronteras. Cambió la agenda, y en el nuevo cuadro, el Ejecutivo paso a controlar los siempre escasos recursos públicos para enfrentar la crisis. En Chile se detuvo el debate constitucional y en Bolivia se interrumpió la incipiente campaña electoral que mostraba la capacidad del MAS para reorganizarse.

En este cuadro, la pandemia ha posibilitado el desarrollo de buenos gestos bilaterales. Especialmente en lo que se refiere al retorno de centenares de ciudadanos bolivianos que quedaron varados en Chile. Después de un ríspido capítulo ocurrido en los primeros días de la emergencia en la frontera Colchane – Pisiga, los mecanismos diplomáticos se aceitaron y el retorno se despliega en forma coordinada. A veces no con la velocidad que los damnificados quisieran, pero el grueso ya está en suelo boliviano. Asimismo, dentro de las dificultades, el transito no se ha interrumpido aunque el flujo se afecta producto del frenazo económico global.

En este cuadro no son pocos los que a ambos lados de la frontera se preguntan por el rumbo de la relación. Es una buena inquietud porque sería muy complicado que ambos países siguiésemos dándonos las espaldas en los próximos decenios. Mas, en su discurso en el día del Mar (24 de marzo) la presidenta interina y candidata presidencial, Jeanine Añez, recordó con claridad que “la lucha por el mar continua, la reivindicación como objetivo de todos no ha retrocedido un milímetro; anunciaremos las nuevas vías de esta lucha cuando pase la batalla por la salud de los bolivianos”. Al parecer, la presidenta interina no quiere dejar ese tema al nuevo gobierno.

Chile por su parte ha mantenido una actitud prudente ante la crisis política boliviana. Lo que no impide al canciller Rivera señalar en estas semanas que Chile entiende que “una Bolivia próspera, estable y democrática” sería un gran socio para Chile.

El realismo indica que ambos países si bien hoy tenemos en común la amenaza de la pandemia, cada uno atraviesa por desafíos políticos no resueltos. En el caso boliviano existe un curso electoral predefinido, en Chile amen del cronograma constitucional, la confluencia de la pandemia con los estragos económicos y sociales que está provocando, puede amenazar la “paz sanitaria” que vivimos desde hace mas de dos meses. Mirado desde Bolivia, también se puede compartir que “un Chile próspero, estable y democrático” sería un buen socio para su desarrollo.

En el plano internacional los actuales gobiernos coinciden en el esfuerzo de PROSUR, pero a juicio de este autor (y de muchos otros internacionalistas), esta organización, de levísimo actuar, repite por la derecha los mismos errores que cometió por la izquierda el ALBA y su actuar en UNASUR. Ambos tipos de organismos no respetan el principio de la aceptación de la diversidad, vital para la diplomacia, y terminan siendo orientados por sesgos políticos e ideológicos. Recordemos que en la antesala de PROSUR estuvo la fallida experiencia de Cúcuta.

Como la Vida enseña, una política exterior debe ser sustentable en el tiempo, por lo mismo, debe tener siempre un diseño nacional, que involucre a la amplia mayoría del país. No puede estar sometida a las mayorías políticas coyunturales. La política exterior, como la de defensa, deben ser por naturaleza suprapartidarias.

¿Que podemos hacer?

Siempre es mejor ir de menos a más. Discreción, respeto a los asuntos internos de los otros Estados. Metas a largo plazo y perseverancia nacional y profesional. Eso no quita que hay muchos temas en lo que podemos avanzar nacionalmente en una suerte de “unilateralismo cooperativo”, asumiendo que para bailar tango se requieren dos. En esa dirección la experiencia enseña que el desarrollo de las zonas extremas beneficia no solo al propio país, sino que además genera mejores condiciones para la convivencia vecinal. Traducido al Norte Grande, supone que los chilenos no tenemos que esperar a nadie para desplegar un amplio y sostenido esfuerzo por desarrollar las regiones del Norte Grande, que son las mismas que nos permiten la vecindad con el macizo continental, no solo con Bolivia, sino proyectarnos cooperativamente hacia las cuencas del Plata y amazónicas.

Ojo, lo mismo vale para el extremo sur, para Palena, Natales, Aysén, Williams y Punta Arenas. Los chilenos necesitamos expandir el núcleo vital de la Nación que hoy está concentrado en la Región Metropolitana y sus alrededores.

Dotar al norte de carreteras como las que disfrutamos en la Región Metropolitana, potenciar su estructura portuaria, dotar de fibra óptica y tender carreteras digitales desde la costa hacia la cordillera, entre otras cosas, nos permitiría repoblar esa zona, y de paso, construir un mejor escenario para nuestra vecindad. Por cierto, modernizar el ferrocarril.

Si chilenos y bolivianos mirásemos mas hacia el siglo XXI que al XIX, podemos encontrar muchísimos puntos de coincidencia.

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