Este domingo Carlos Peña analiza una las causas que llevaron al 11 de septiembre de 1973 y el estallido social del 18 e octubre de 2019. Aunque encuentra que esta comparación de causales “hay pocas cosas en común“, escudriña en el rol de los partidos políticos fundamentales para los ’70 y en los hechos recientes minimizados al casi nulo protagonismo porque -según Peña- “hace cincuenta años había política de clases conducida por partidos que inflamaban a las masas con un nuevo horizonte histórico para acercarse al cual ningún precio era demasiado alto“.

Peña es su comparación sostiene además que:”La sociedad de hoy es una sociedad que -para bien o para mal-, en vez de estar inflamada por las grandes utopías, está integrada por individuos que esperan que su trayectoria vital dependa, ante todo, del esfuerzo que sean capaces de hacer“.

La utopía de la nueva sociedad ha sido sustituida por los anhelos personales“, sentencia Peña.

A continucación el texto completo de Carlos Peña que tituló “1973 versus 2020”:

Este viernes se cumplieron cuarenta y siete años desde el golpe de Estado ¿Qué hay de común entre el Chile de entonces, el de 1973 y el de ahora, el del 2020? La pregunta es parecida a la que brota cuando se sorprende a alguien detenido frente a una foto de su infancia: ¿Ese niño que está allí es el mismo sujeto que ahora lo mira? Entre el niño de entonces y el adulto de hoy no hay nada físico en común (salvo ese extraño aire de familia). ¿Qué es lo que los unifica entonces?

El mismo problema se plantea el año 2020 cuando se trae a la memoria el Chile de 1973. Entre ambos -al igual que entre el niño de entonces y el adulto de ahora- hay pocas cosas en común.

Desde luego, la estructura social ha cambiado muy sensiblemente. Es cosa de comparar las escenas de la “Batalla de Chile” (la espléndida película de Patricio Guzmán) con cualquier escena del Chile contemporáneo. Ni siquiera la gigantesca marcha de noviembre se compara con los movimientos de clase de comienzos de los setenta.

Mientras en noviembre hubo una masa con demandas heterogéneas, sin orgánica y sin programa, donde las de los ciclistas y los veganos equiparaba en intensidad a las demandas por protección en la vejez, hace cincuenta años había política de clases conducida por partidos que inflamaban a las masas con un nuevo horizonte histórico para acercarse al cual ningún precio era demasiado alto. Y mientras en noviembre la individuación encontraba, al abrigo de la masa, un momento de sosiego y de revancha contra la racionalización de la vida y la competencia, en los setenta la individuación aún no existía y cada uno, o casi, se definía por su pertenencia a un colectivo, el sindicato, el partido, la junta vecinal, o lo que fuera.

Por supuesto, sigue habiendo clases sociales (no hay sociedad que carezca de ellas), pero las de hoy son una descripción sociológica hecha por un observador, no una autoidentificación cultural. Para usar un lenguaje de esa época: hay clases en-sí, no para-sí.

Si se atiende a las prácticas de consumo, la diferencia es abismal. En los setenta las grandes mayorías estaban excluidas de consumir y para qué decir de elegir. La práctica del consumo era un privilegio de las pequeñas minorías profesionales o burguesas. Y advertir esto no es frivolidad. El consumo -al revés de lo que se cree- no es un acto material, sino sobre todo un acto simbólico mediante el cual el sujeto se edita a sí mismo o intenta editar a los que quiere. Por eso el acceso al consumo para los históricamente excluidos tiene una dimensión emancipadora, liberadora, que las minorías tradicionalmente satisfechas (de la izquierda y la derecha) no son capaces de comprender.

Y desde el punto de vista de la forma en que cada persona concibe su trayectoria vital, hay también diferencias. Mientras en los setenta los factores adscriptivos de clase o religiosos, y en cualquier caso de origen, tendían a orientar el conjunto de la trayectoria vital, hoy día hay la sensación, ampliamente expandida en la cultura, de que la vida personal debe depender (aunque no siempre dependa) en una medida relevante de sí mismo, de su esfuerzo y de su voluntad de logro. La sociedad de hoy es una sociedad que -para bien o para mal-, en vez de estar inflamada por las grandes utopías, está integrada por individuos que esperan que su trayectoria vital dependa, ante todo, del esfuerzo que sean capaces de hacer.

La utopía de la nueva sociedad ha sido sustituida por los anhelos personales.

La política, en fin, es casi el resumen de todo lo anterior.

La política de los setenta estaba anclada en la estructura social, el clivaje de la política era ante todo la posición de clase. Hoy día, una vez que los signos externos de estatus (el automóvil, las marcas) tienden a hacer más ambiguo el propio origen, y una vez que la individuación empuja a las personas, en especial a las nuevas generaciones, a elegir su identidad (refiriéndola a la orientación sexual, al culto a la bicicleta o a las formas de consumo), la política se ha hecho poco predecible, más caprichosa, un terreno propicio no para las ideologías globales, sino (como lo muestra el caso de Lavín) para las ocurrencias que satisfacen el anhelo transeúnte de las audiencias.

¿Qué hay de común entonces entre el Chile de entonces y el de ahora?

Al igual que ocurre a un viejo que mira la foto de un niño en el que solo él se reconoce (porque un observador externo no encontraría parecido alguno), entre el Chile de entonces y el de ahora solo existe ese frágil e inexplicable hilo con que se teje la memoria. Y nada más“, sentencia Peña.

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