Un sordo malestar se vive en las filas de nuestra diplomacia, en especial en las más jóvenes.   El detonante mas cercano es la lentitud en redactar un decreto que operacionalice algunas de las disposiciones de la ley 21.080,  promulgada el 20 de marzo del 2018.  Recordemos que dicha ley enfrentó tareas básicas para modernizar la Cancilleria.  En algunos campos se avanzó como fue la creación de una Subsecretaria dedicada al Comercio Exterior, elemento vital de nuestra estrategia económica.  

Pero el tema es más complejo.  Desde hace mucho tiempo se escucha la necesidad de potenciar la profesionalización de la tarea diplomática.  En la actualidad para pertenecer al escalafón del Servicio Exterior es indispensable  haber egresado de la Academia Andrés Bello.   Desde hace algunos años, en especial luego del retorno a la democracia, la cantidad y calidad de los postulantes a la Academia ha crecido en calidad y cantidad.  Para poco más de una docena de cupos anuales, se presentan centenares de postulantes.  Agreguemos que entre los aceptados, figura una gran cantidad de mujeres, quienes además han ocupado las mejores calificaciones en las ultimas promociones.  

No siempre fue así, en los 17 años oscuros, era indispensable pasar los filtros de seguridad, entendida como lealtad al régimen de entonces.  No fue todo, en un inicio se suspendió el requisito de titulo universitario para postular a la Academia, y se cambio por el de “estudios universitarios”  o sea, con algunos semestres bastaba.  También fueron los años en que se legitimó el acceso a la planta diplomática de personal no formado en la Academia.  Fueron bautizados como “ventaneros” por los diplomáticos de carrera

Eso empezó a cambiar con el retorno de la democracia, con un agregado.  Una buena cantidad de los nuevos diplomáticos no solo llegaba con titulo profesional, sino que muchos poseían estudios de pos grado en Relaciones Internacionales.  El resultado de todo este sano proceso, es que tenemos buenas camadas de jóvenes diplomáticos.  Hasta ahí muy bien.  

Se fue configurando asi una diplomacia con una elevada preparación en sus primeros grados que convivió con las promociones reclutadas antes del ’90.   El resultado fue una relación en general profesional pero que ha tenido costos.  El principal tiene que ver con que se  “trancó el tiraje”.  La carrera diplomática no tiene fecha de término, de ahí el dicho que la trayectoria es “del ministerio al cementerio”.  Solo cuando se llega al rango de Embajador, dada la confianza depositada por el Presidente, se presenta una renuncia para cuando termine su misión, o se cumplan 65 años.  Pero de Ministro Consejero para abajo, hay continuidad laboral independiente de la edad.

El resultado es que el escalafón (Tercer Secretario, Segundo Secretario, Primer Secretario, Consejero y Ministro Consejero) ya no es una pirámide porque existe un elevado numero de MC.  Hoy tenemos 68 ministros consejeros, 27 de los cuales tienen mas de 65 años.  No salen destinados, no ascienden a embajador, pero siguen en la planta. 

Aclaremos que el Servicio Exterior esta formado por poco menos de 500 diplomáticos, por lo cual tenemos una carrera que en la practica solo llega hasta el grado de Consejero por que el de Ministro Consejero esta taponeado y sobrepoblado.  Según datos preliminares hoy tenemos  80 Consejeros, 83 Primeros Secretarios, 82 Segundos y 67 Terceros.  En analogía militar tenemos mas coroneles que tenientes.  Y un similar numero comandantes, mayores y capitanes.  

En este cuadro, la ausencia de reglamento que norme el ascenso de los Primeros Secretarios a Consejeros, con una demora casi de tres años, podría explicarse por esta anomalía que resalta mas en un servicio jerarquizado y profesional.  La carrera se hace lenta, se pasan muchos años antes de poder ascender.  Muchos buenos funcionarios se desalientan y renuncian, su elevada capacidad profesional generalmente les permite reinsertarse en otras tareas.  Pero la diplomacia de Chile se descapitaliza.  

Precisemos, esta disfuncionalidad no es de ahora, se viene arrastrando desde hace mucho, pero se ha ido incrementando en los últimos años.  Y hoy se ha hecho patente por la incapacidad de redactar un reglamento en la actual administración.

Por cierto, no es un problema puramente gremial, o de incrementos.  Tiene que ver con una política de recursos humanos que permita estimular y premiar a los mejores funcionarios.  En una área de vital importancia para el país.  La Cancillería no es el único servicio jerarquizado de la administración publica, pero carece de cuotas de retiro como existen en otras instituciones y además no existe edad de jubilación.  

Antaño una de las funciones principales de la diplomacia era la representación, la cual sigue siendo un eje central.  Pero hoy,  el diplomático moderno además de representar, debe estudiar el país donde esta asignado, investigar las áreas donde se puede profundizar la relación bilateral,  y debe ser un atento analista de los diversos procesos que transcurren en su destino para informar oportunamente a nuestras autoridades a fin de que conduzcan la política exterior de la manera mas informada. En fin, el diplomático moderno es cada vez mas multifacético y de ese perfil son los centenares de postulantes que cada año se presentan a la Academia Andrés Bello. 

La mayoría de estos desatinos se cumplieron en la aciaga estadía del ex Canciller Roberto Ampuero y no de sus sucesores. Hoy Ampuero es el embajador de Chile en España.

Factor errores dejados por Ampuero

El malestar hoy es manifiesto, lo más inmediato está provocado por el incumplimiento de lo que dicta la ley 21.080 de modernización de nuestra Cancillería.  Incluso se escucha de un eventual paro de actividades a fin de que las autoridades asuman sus responsabilidades. 

Sería algo inédito,  el Canciller Allamand hereda este conflicto, no es de su factura, pero le toca enfrentarlo.  Se comenta que el tema podría destrabarse si el Ministerio de Hacienda liberase recursos, pero el tema es mas allá del presupuestario.  En sus raíces esta el afrontar los nuevos desafíos que plantea la política exterior junto a una adecuada política de estímulos al personal diplomático, de lo contrario se corre el riesgo de perder una valiosa capacidad que ha costado mucho formarla.  

Los temas problemáticos  de nuestra diplomacia no son solo los de la carrera, en los últimos años hemos asistido a una intervención indebida de asesores del “segundo piso” de la Moneda, que muchas veces, con su inexperiencia, sobreponen visiones mas políticas que estatales.  Episodios bochornosos como el de Cúcuta, o la renuencia a firmar propuestas que surgieron de nuestra propia iniciativa, hasta la enorme distorsión de promover “diplomacias ideológicas”, como es el caso de Prosur, hablan de una gruesa incomprensión.  No se entiende que la política exterior es de Estado, y no de gobierno, y menos ideológica.  Es justo reconocer que la mayoría de estos desatinos se cumplieron en la aciaga estadía del ex Canciller Roberto Ampuero y no de sus sucesores. 

Un Servicio Exterior de carrera necesita que se estimule a quienes tengan un corazón bien chileno junto a un aplicado cumplimiento de la misión profesional.  Mas aún en tiempo de cambios de época y civilizatorios.  

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