Este domingo, tras una revuelta, fiestera y violenta semana Carlos Peña analiza y se adelanta en aclarar lo que debería pasar con los precandidatos de Chile Vamos, bajando de un plumazo a tres de los 5 postulantes: “Mario Desbordes es el extremo opuesto. Él no es ortodoxo porque para ser ortodoxo hay que tener ideas. Y él no tiene exactamente ideas“. “José Antonio Kast no es, como Mario Desbordes, populista (…) Él es un derechista tradicional para quien los problemas sociales son fruto del despilfarro del Estado”. “Sichel, por su parte, es como Mario Desbordes, abundante en sensibilidad hacia los sectores medios a los que, como aquel, presume pertenecer. Su problema es que hasta ahora parece un hombre en busca de un lugar, más que un portador de ideas en busca de ser realizadas”.

Hecho el demoledor diagnóstico a Desbordes, Kast y Sichel, Carlos Peña despeja la cancha de este “ripio” y deja en carrera solo a Lavín y Matthei asegurando que:

“Lavín, junto con Matthei, son las verdaderas cartas de la derecha. Y si Matthei es la ortodoxia, Lavín es la herejía”

A continuación el análisis completo de Carlos Peña que tituló: Lavín, el hereje; Matthei, la ortodoxa:

El problema presidencial de la derecha se agudizó esta semana con la decisión de Lavín de quemar las naves (es decir, el furgón municipal).

La derecha (¿quién lo habría imaginado con un gobierno en el suelo?) suma a Lavín, Matthei, Kast, Desbordes, Sichel.

Pero su dilema no es escoger entre esos varios candidatos (en cuyo caso bastaría que los partidos se inclinaran por el más popular o atractivo) sino la abundancia de proyectos, la diversa fisonomía ideológica que se esconde detrás de cada uno de esos nombres.

Evelyn Matthei representa lo que pudiera llamarse la ortodoxia, es decir, la convicción de que las bases de la modernización de Chile son correctas y que es necesario persistir en ellas. En su opinión, los problemas surgieron cuando esas bases se abandonaron, cuando, espantados por los tropiezos, se comenzó a descreer. Así, Matthei representa lo que pudiera llamarse la racionalidad formal de la derecha: un puñado de ideas que aspiran a guiar, como un guardagujas, el quehacer político: la distinción entre financiar un bien y proveerlo; el trato igual entre los agentes públicos y los privados; el ascetismo en el manejo de las rentas generales; acento en el esfuerzo individual y el rechazo del paternalismo. Todo eso aderezado con un cierto liberalismo moral y cultural.

Mario Desbordes es el extremo opuesto. Él no es ortodoxo porque para ser ortodoxo hay que tener ideas. Y él no tiene exactamente ideas. Tiene sensibilidad, una sensibilidad que podría llamarse populista en el sentido técnico: la idea que hay un pueblo digno y noble al que una élite ha vuelto la espalda. Él quiere ser el mediador entre esa élite (con algunos de cuyos miembros ha convivido en su partido arriscando, es de suponer, la nariz) y ese pueblo al que presume pertenecer (cuando subraya una y otra vez su origen mesocrático). Es muy difícil saber qué es lo de derecha oculto en ese planteamiento; pero lo más parecido es el socialcristianismo de Cruz-Coke o las ideas de pueblo que se asoman en las páginas de Encina.

José Antonio Kast no es, como Mario Desbordes, populista; pero al igual que ocurre con este último para encontrar algo que se le parezca hay que mirar hacia atrás. Él es un derechista tradicional para quien los problemas sociales son fruto del despilfarro del Estado, del deterioro del sentimiento nacional, de la incapacidad de los agentes para imponer el orden y del descuido de las familias.

Sichel, por su parte, es como Mario Desbordes, abundante en sensibilidad hacia los sectores medios a los que, como aquel, presume pertenecer. Su problema es que hasta ahora parece un hombre en busca de un lugar, más que un portador de ideas en busca de ser realizadas. De otra manera no se explica que haya sido liberal (al lado de Andrés Velasco), alguna vez cercano a la Decé y ahora de derecha. La pregunta que Sichel debiera responder es a qué se debe esa desorientación que lo hace ver como un simple personaje en busca de un rol. Claro, él podrá decir que ha sido fiel a sí mismo y que son los lugares donde ha estado los que se han movido dejándolo a él a la intemperie; pero algo así es demasiado incierto para una candidatura.

Y está, por supuesto, cómo no, Lavín.

Lavín, junto con Matthei, son las verdaderas cartas de la derecha. Y si Matthei es la ortodoxia, Lavín es la herejía.

Y es que Lavín piensa que ser hereje en algunas cosas es la única forma de salvar las cuestiones fundamentales. Ser ortodoxo en todo, cree él, podrá ser correcto como actitud religiosa; pero es fatal en política. Luego, la clave del éxito es acompasarse con los tiempos, parecerse más a la propia época que al propio padre. Esto es lo que explica que Lavín, siendo del Opus, tenga en política una actitud tipo Concilio Vaticano II: fundirse con el mundo como la mejor manera de salvar lo fundamental de la propia fe, reemplazar el canto gregoriano y el incienso por la guitarra y el aplauso. De ahí su aire camaleónico, su permanente imitación de lo actual, su desparpajo para declararse esto o aquello. Si hubiera que emplear una imagen habría que decir que al menos hasta ahora Lavín es un árbol con fuertes raíces en la derecha, pero capaz de inclinarse hasta tocar con sus ramas el lado izquierdo del jardín para, una vez que pasa el viento de la circunstancia, volver a su posición original.

La derecha tendrá pues que escoger entre la ortodoxia y la herejía.

Si opta por la ortodoxia tendrá que convertir a los no creyentes y su desafío será crecer; si opta por la herejía sumará más rápido adherentes; pero deberá impedir que el entusiasmo acabe conformando una nueva religión”, remata Peña.

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