Análisis: La guerra de Ucrania y sus consecuencias

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(AP Photo/Serhii Nuzhnenko)

En la guerra ucraniana se entremezclan dos conflictos. El primero, propiamente ucraniano, se da entre los sectores pro europeos y los pro rusos. No es algo nuevo, ello explica la guerra del 2014 y los Acuerdos de Minsk que hoy han quedado en el olvido. Este conflicto idealmente debiera ser resuelto por los propios ucranianos, ya sea estableciendo un estado federado u otras formas que aseguren una convivencia pacífica y respetuosa.

Pero este conflicto se agrava por el choque de intereses de algunas potencias,

especialmente Rusia, EEUU y la UE. El tema principal es la seguridad, Rusia reclama que la OTAN está rodeándola de bases, y es obvio, que después de esta guerra, al menos algunos países europeos verán en Rusia su principal amenaza.

Este choque hoy se da en terreno ucraniano por la pretensión de unirse a la OTAN.

La guerra está en curso, las potencias occidentales no enviarán tropas, solo

armamento junto a sanciones económicas y políticas. El paso del tiempo corre en favor de Ucrania, mientras más tiempo resista, más fortalecerá su causa. Rusia pegó el primer golpe militar, pero Ucrania va ganando la batalla comunicacional al instalar el dilema de David y Goliath. Si Rusia emplea a fondo su poderío, puede aplastar la resistencia convencional, pero pagaría un elevadísimo costo de legitimidad.

Cualquiera sea el desenlace, todos sufriremos el impacto económico, en especial el alza del petróleo y del gas, el incremento de la inflación y un desorden mayor de la cadena logística global. Pero la OTAN y los EEUU sufrirán también, en especial en la credibilidad de su voluntad disuasiva, lo que es preocupante para aquellos países que confían en la protección americana. ¿Qué harán Japón y Corea del Sur? ¿buscarán desarrollo nuclear? ¿Lo permitirá China?

Los europeos toman nota de su débil poder militar. Alemania ya tomó la decisión, se rearmará, es entendible, cabe preguntarse si el fortalecimiento del Ejército alemán preocupa a polacos, holandeses, belgas y muchos otros. No pocos europeos, especialmente los alemanes, lamentan porque ellos tienen que pagar los costos de decisiones unilaterales de los EEUU. Invadieron Irak al margen de la ONU, buscaban armas químicas y destrozaron el país, en el desorden surgió el califato que se extendió rápidamente a Siria y con ello una migración de millones que terminó llegando a Europa, en especial a Alemania. ¿Cuántos ucranianos llegarán ahora? ¿Por qué alentaron tanto a Kiev a su acercamiento a Occidente si al final lo dejaron solo? ¿Quién paga la cuenta?

Occidente castiga a Rusia con sanciones económicas. Duras, pero maduran en el largo plazo, y la experiencia nos dice que los sancionados se empobrecen pero sus gobiernos perduran. Y en el mediano plazo, los países sancionados expulsan población en busca de mejor vida, léase Cuba, Venezuela, Irán. Las sanciones obligarán a Rusia a refugiarse en los mercados asiáticos, islámicos y africanos, probablemente también algunos latinoamericanos.

La guerra ucraniana está provocando un reordenamiento de las bases del orden mundial establecido en 1990, cuando se desintegró la Unión Soviética. Hoy los EEUU no tienen la capacidad para dictar los márgenes del poder global. Emergieron las potencias asiáticas, en especial China, y Rusia se recuperó parcialmente. Las potencias emergentes reclaman rebarajar el orden mundial. Como ha sido en toda la historia, la búsqueda de su seguridad alienta la proyección de los Estados.

América latina sufrirá como todo el mundo las consecuencias del desorden económico y las presiones de las diferentes potencias por alinearse. Como es obvio, pero difícil, el ideal sería que construyamos una mirada común sobre estos desafíos. No es un tema de construir un nuevo organismo internacional -ya tenemos demasiados- sino de diálogo y voluntad política, colocando en primer lugar la preservación de la paz y la estabilidad como principal valor a cuidar.

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