Durante las últimas semanas, nuestra política exterior -o la ausencia de ella-, se ha tomado el debate nacional. Primero fue la tímida reacción chilena frente la pretensión del gobierno argentino de extender la plataforma continental en el Mar Austral, que algunos aún pretenden minimizar, y más recientemente, el cierre de cinco embajadas, que generó merecidas críticas transversales. En ambos casos, ha sido la ausencia de intereses claros y permanentes de nuestra política exterior, los que han derivado en vacilaciones o desorientaciones en la defensa y concreción de esos intereses.

Desde hace décadas, se han construido ciertos principios –o mitos- en torno a nuestra política exterior, sobr

e la base de que es una política de Estado, que trasciende los cambios de administración, y que ella apunta a promover, defender y concretar intereses superiores, que son claros y permanentes. Estos principios se han ido construyendo y consolidando a través de la experiencia práctica de la Cancillería y a partir de acuerdos tácitos a lo largo de sucesivas administraciones. Pero me pregunto: ¿Son principios de nuestra política exterior o solo mitos? Si son principios, ¿dónde están plasmados? Nuestra política exterior no puede sostenerse sobre principios que, a estas alturas, algunos estiman que se han abandonado, difuminado, o peor aún, desaparecido.

La pasividad de nuestra Cancillería en el nuevo caso limítrofe con Argentina -que no es tan nuevo por lo demás- y la discusión sobre la presencia global de nuestro país en el nuevo entorno internacional -que implicó dar un paso en falso-, son fenómenos que apuntan a la necesidad de rescatar, actualizar y socializar esos principios básicos de nuestra política exterior. Y rompiendo algunos mitos también. Aunque es una tarea que realizan periódicamente los centros de estudios, es un ejercicio que nuestra Cancillería haría bien en recoger. Es evidente que el modelo y estrategia de nuestra política exterior, tal como lo conocemos y aplicamos hace décadas, está agotado. Hace rato que huele a naftalina.

Como país inserto en una comunidad globalizada y dinámica, la política exterior chilena no puede quedar ausente en el debate, sobre la mejor manera de enfrentar lo que algunos llaman un nuevo “escenario global disruptivo” o la “nueva era global de la comunicación”. Cualquiera su denominación, ello implica necesariamente hacer el ejercicio de identificar cuáles deben ser los intereses nacionales permanentes en materia de relaciones internacionales para el nuevo escenario postpandemia que se nos viene. Rescato, en este sentido, los aportes que se han formulado desde la academia y los medios. Pero necesitamos darle una bajada concreta.

Recientemente, el centro de estudios AthenaLab ha efectuado un valioso y oportuno aporte a este respecto. No me refiero a la primera encuesta nacional sobre prioridades de nuestra política exterior, ampliamente difundida, sino que a su último documento de trabajo: “Aproximación a una política exterior basada en intereses nacionales”, donde se identificaron cinco principios básicos, a saber, mantención de la integridad territorial; soberanía efectiva; independencia política; integración al mundo; y aporte a la seguridad global. Ambos documentos son un insumo útil para el sano debate que deberíamos tener.

A partir de la identificación de estos intereses permanentes en forma clara, transparente y participativa, se podrán elaborar las estrategias para poder promoverlos, defenderlos y concretarlos en todos los ámbitos y esferas. La ausencia de una estrategia para enfrentar la arremetida argentina en el Mar Austral, así como para determinar la presencia de nuestras embajadas, dan cuenta de los costos que implica la improvisación. Mientras la Cancillería lidia con ambos temas, es importante que este debate no se evite. Por el contrario, es el momento de promoverlo y auspiciarlo proactivamente, tal como se ha hecho en otros sectores del Estado, donde ante la ausencia de una estrategia nacional, se han realizado esfuerzos importantes para definir una política de Estado a través de una “Estrategia Nacional sobre Política Exterior de Chile”, con la activa y amplia participación de actores públicos y privados. Esta estrategia nacional se debería revisar y actualizar periódicamente. Nada de estrategias rígidas o estáticas.

“De nada sirve decir “lo estamos haciendo lo mejor posible”. Tienes que hacer lo necesario para tener éxito”, decía Winston Churchill. El Gobierno, bajo el liderazgo del Canciller, tiene una gran oportunidad de propiciar este diálogo, que no se agota en temas limítrofes ni embajadas -que por cierto no pueden desatenderse-, sino que se traduce en una invitación a realizar un amplio debate frente a múltiples temas de política exterior que, más temprano que tarde, deberemos abordar como país. Una política exterior que recoja lo mejor del pasado, pero que se oriente hacia los desafíos del futuro. Si queremos que nuestra política exterior sea exitosa, este debate es inevitable, incluyendo derribar viejos mitos.

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