Por: Angélica Paz Muñoz Anguita, Psicóloga Infanto-Juvenil UC
Nos impacta ver a una mujer embarazada fumando, a menores consumiendo alcohol, a un bebé viajando sin silla de auto o descubrir que un juguete contiene plomo.
Sin embargo, no hace tanto tiempo varias de esas escenas eran frecuentes, toleradas o minimizadas. Fue necesaria evidencia científica, campañas públicas y regulación para comprender que ciertos daños no eran solo decisiones individuales, sino problemas de salud pública.
Con las pantallas podría estar ocurriendo algo similar.
Todavía no nos alarma lo suficiente ver a bebés calmados con celulares, niños pequeños con iPad por horas o adolescentes expuestos sin límites a redes sociales diseñadas para capturar su atención. Sin embargo, la evidencia acumulada muestra asociaciones preocupantes entre uso digital excesivo y alteraciones del sueño, peor salud mental, dificultades atencionales, sedentarismo, obesidad, exposición a violencia y pornografía, riesgo de trastornos de la conducta alimentaria, síntomas depresivos y ansiedad, entre otros, especialmente cuando el acceso es precoz, intenso y sin supervisión.
No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de reconocer que existe una industria multimillonaria compitiendo activamente por el tiempo, la atención y el desarrollo cerebral de niños y adolescentes.
La reciente restricción del uso de celulares en colegios en Chile abrió una discusión necesaria. Más allá de la medida misma, también dejó en evidencia cuánto estos dispositivos habían pasado a cumplir funciones que nunca les correspondieron.
En muchos casos, el celular se transformó en “calmante” frente al aburrimiento, refugio ante la ansiedad, distractor de emociones incómodas o forma rápida de evitar conflictos.
Al retirarlo, no solo desapareció un objeto: quedaron más visibles dificultades previas de convivencia, tolerancia a la frustración, atención y autorregulación que probablemente ya estaban presentes, pero amortiguadas por su uso constante. La pregunta, entonces, no es solo por qué prohibirlos, sino también por qué llegamos a necesitarlos tanto.
Durante años, en muchos hogares y espacios cotidianos, las pantallas han funcionado (muchas veces sin darnos cuenta) como una falsa calma: una solución rápida frente a la pataleta, el aburrimiento, la frustración o las dificultades para regularse.
¿Quién no ha visto cómo se entrega una pantalla para que un niño “se calme” o para que “no se aburra”? ¿O a un adolescente que pasa horas encerrado en su pieza conectado al celular?
El problema no es solo el tiempo de uso. También es el tipo de relación que se construyó con ese dispositivo.
Muchas plataformas digitales incorporan componentes altamente reforzantes: recompensa inmediata, scroll infinito, estimulación permanente, notificaciones constantes y personalización algorítmica. Todo ello puede dificultar aún más la tolerancia a la espera, al vacío, a la frustración y a emociones intensas. Esto ya está llegando a juicios en varios países ¿En Chile cuándo?
Más que favorecer habilidades de co-regulación y autorregulación, en muchos casos las hemos reemplazado. Por eso, cuando ese “regulador” externo se retira de forma abrupta, lo que emerge no necesariamente es causado por la medida, sino que puede ser la expresión de dificultades que no habían tenido suficiente espacio para mostrarse ni para trabajarse.
La discusión de fondo no es solo si prohibir o no prohibir. La verdadera pregunta es cómo acompañamos ese cambio. Necesitamos adultos disponibles, espacios de contención, educación socioemocional, recreos activos, tiempos de transición y acompañamiento consistente. También abordar el uso de celulares y pantallas con mayor contención en las familias y en los establecimientos, de manera progresiva y no solo restrictiva.
Si realmente creemos que las pantallas son un problema de salud pública, no basta con prohibir en ciertos espacios mientras el resto del sistema sigue promoviendo hiperestimulación, aislamiento y dependencia digital.
Se requiere una estrategia país, una conversación seria y basada en evidencia que proteja la infancia sin simplificar fenómenos complejos. Necesitamos que nos impacte tanto ver a un niño con un celular como a una mujer embarazada fumando. Necesitamos un cambio de percepción.
Prohibir puede ser rápido. Acompañar siempre será más difícil y mucho más necesario.


