El centralismo como política de Estado
Hay una pregunta incómoda que cada cierto tiempo vuelve a aparecer en regiones: ¿el gobierno (de turno) realmente tiene interés en el desarrollo regional o simplemente administra el país desde Santiago?
La pregunta reaparece esta semana por dos hechos aparentemente desconectados.
El primero es la decisión de congelar la tramitación de dos importantes concesiones de transporte público en el Gran Concepción, proyectos asociados a los corredores Ruta 160 y Ruta 150-Autopista Concepción-Talcahuano, que representaban inversiones cercanas a los US$400 millones. Según las explicaciones públicas, la razón sería la estrechez fiscal.
El segundo hecho ocurre a más de 2.000 kilómetros de distancia, en el extremo austral.
Allí, cada vez que surgen controversias respecto del Estrecho de Magallanes, las rutas marítimas australes o la posición estratégica de Chile en el Atlántico Sur, la reacción del aparato central suele ser tardía, tibia o simplemente inexistente. El resultado es conocido: las regiones observan cómo asuntos fundamentales para su futuro quedan subordinados a prioridades definidas en Santiago.
El problema no es únicamente presupuestario.
Todos los gobiernos enfrentan restricciones fiscales. Lo preocupante es el patrón.
Cuando falta dinero, ¿qué proyectos se postergan primero?
No son los ministerios ubicados en el barrio cívico. No son los programas diseñados para satisfacer a las élites políticas de la capital. Son las inversiones regionales.
Biobío vuelve a recibir esa señal. Después de años de planificación, estudios, licitaciones y expectativas, proyectos considerados claves para la movilidad de cientos de miles de personas quedan congelados por razones fiscales. La región recibe una vez más el mismo mensaje: la descentralización es importante... hasta que llega el momento de asignar recursos.
Pero el caso de Magallanes es incluso más revelador.
Porque allí el problema no es solo económico. Es conceptual.
Chile posee una de las posiciones geográficas más privilegiadas del planeta. Controla el Estrecho de Magallanes, se proyecta hacia la Antártica, conecta el Pacífico con el Atlántico y posee en Puerto Williams y Punta Arenas dos de los principales gateways antárticos del hemisferio sur. Sin embargo, gran parte de la dirigencia nacional continúa considerando estos territorios como espacios periféricos, casi exóticos, útiles para fotografías institucionales pero raramente integrados a una visión estratégica nacional.
La paradoja es extraordinaria.
Mientras otras potencias invierten miles de millones en puertos, rutas polares, infraestructura logística y presencia científica, Chile sigue discutiendo si el extremo sur merece atención prioritaria.
Mientras el Atlántico Sur y la Antártica adquieren creciente relevancia estratégica, gran parte de la conversación política nacional permanece atrapada en un radio de pocas cuadras alrededor de La Moneda.
Y cuando surgen controversias vinculadas al Estrecho de Magallanes, muchas veces la respuesta institucional parece guiada más por la cautela burocrática que por una clara conciencia estratégica.
La verdadera enfermedad no es el centralismo administrativo: Es el centralismo mental.
Es la incapacidad de comprender que Chile no termina en Santiago:
Biobío no es una periferia presupuestaria.
Magallanes no es un paisaje turístico.
La Araucanía no es un problema policial.
Tarapacá no es únicamente una estadística migratoria.
Cada región representa una dimensión distinta del interés nacional.
Una nación madura entiende que la infraestructura regional no es un gasto. Es una inversión estratégica. Entiende que la conectividad del Biobío fortalece la productividad nacional. Entiende que fortalecer Magallanes fortalece la posición de Chile frente a la Antártica. Entiende que la presencia efectiva del Estado en sus territorios es una condición básica de soberanía.
Lamentablemente, Chile parece seguir funcionando bajo una lógica distinta: las regiones producen valor, pero las decisiones se toman lejos de ellas.
Por eso el problema de los corredores de transporte en Biobío y el silencio recurrente frente a cuestiones estratégicas australes forman parte de la misma historia.
No son casos aislados.
Son síntomas.
Síntomas de una clase dirigente que todavía no logra asumir que el país real comienza precisamente donde termina la influencia cotidiana de Santiago.
Y esa puede ser la mayor vulnerabilidad estratégica de Chile en el siglo XXI.
Porque la historia demuestra una verdad simple: los territorios que un Estado deja de mirar terminan siendo observados por otros.
Y las regiones que una élite considera secundarias suelen convertirse, con el tiempo, en los espacios donde se juega el futuro de una nación.
Portales, más vigente que nunca
Hay una vieja observación atribuida al pensamiento político de Diego Portales que conserva una vigencia incómoda. Portales desconfiaba profundamente de las élites que dominaban la capital. Veía en ellas una mezcla de intereses particulares, disputas de salón y una tendencia permanente a confundir los intereses de Santiago con los intereses de Chile.
Doscientos años después, resulta difícil no preguntarse cuánto ha cambiado realmente esa lógica. Las regiones siguen observando cómo las grandes decisiones nacionales son tomadas por una reducida élite política, económica y burocrática cuya experiencia cotidiana rara vez se extiende más allá del eje Santiago-Valparaíso.
Cuando se congelan inversiones estratégicas en Biobío, cuando las prioridades regionales se subordinan a cálculos elaborados en oficinas de la capital, o cuando asuntos de relevancia nacional vinculados al Estrecho de Magallanes parecen no generar la reacción política proporcional a su importancia estratégica, la sensación en regiones es siempre la misma: que Chile continúa siendo administrado desde un centro que escucha poco y comprende menos.
Tal vez el verdadero triunfo del centralismo no sea administrativo ni presupuestario. Tal vez sea cultural. La convicción, todavía arraigada en ciertos círculos de poder, de que el país real termina donde terminan las avenidas de Santiago.
Y esa es precisamente la tragedia.
Porque mientras la élite sigue mirando hacia el centro, el futuro económico, logístico y geopolítico de Chile se está jugando en lugares como Biobío, Magallanes, la Antártica y el Pacífico Sur.


