Viernes 11 De Septiembre De 2026
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La peligrosa costumbre de confundir Magallanes con la Antártica

La peligrosa costumbre de confundir Magallanes con la Antártica

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Hay errores. Hay improvisaciones. Y después están aquellas declaraciones que, por repetidas, comienzan a parecer algo más que simples equivocaciones.

Durante las últimas semanas, Chile ha debido escuchar una sucesión de afirmaciones provenientes de Argentina respecto del espacio austral.

Primero fue el brigadier general Gustavo Valverde, quien realizó declaraciones que obligaron al propio ministro de Defensa argentino, Carlos Alberto Presti, a llamar a Santiago para aclarar formalmente que el Estrecho de Magallanes es chileno y que todo había sido producto de una "confusión y desprolijidad".

Parecía que el episodio estaba cerrado.

Pero no.

Ahora el propio Carlos Alberto Presti, en entrevista con el periodista Eduardo Feinmann, volvió a introducir un elemento que merece atención: habló de patrullas combinadas entre Chile y Argentina en "Magallanes".

El problema no es la cooperación.

El problema es la precisión.

Porque las patrullas combinadas que ambos países desarrollan corresponden principalmente a mecanismos de cooperación en la Antártica, incluyendo la Patrulla Naval Antártica Combinada, desarrollada dentro de los marcos del Sistema del Tratado Antártico.

Y eso no es un detalle técnico.

Es la diferencia entre dos realidades jurídicas completamente distintas.

Al sur del paralelo 60° rige el Tratado Antártico. Allí existe un régimen especial de cooperación internacional, investigación científica y congelamiento de reclamaciones territoriales. El objetivo es evitar precisamente que la competencia geopolítica se traslade a un continente dedicado a la paz y la ciencia.

Magallanes, en cambio, no es Antártica.

Magallanes es Chile.

Y el Estrecho de Magallanes no está sujeto al Tratado Antártico ni a ningún régimen de administración compartida. Su situación jurídica quedó establecida por el Tratado de Límites de 1881 y reafirmada posteriormente por el Tratado de Paz y Amistad de 1984. Incluso el propio gobierno argentino ha debido reiterarlo públicamente durante la reciente controversia.

Entonces surge una pregunta incómoda.

  • ¿Por qué cuesta tanto decir las cosas correctamente?
  • ¿Por qué cuando se habla de cooperación antártica se utiliza la palabra "Magallanes"?
  • ¿Por qué cuando se realizan operaciones en el continente blanco no se explicita que estas ocurren bajo un régimen jurídico completamente diferente?
  • Y, sobre todo, ¿por qué esto ocurre inmediatamente después de una crisis diplomática provocada por declaraciones argentinas respecto de la soberanía austral?

Aquí es donde las declaraciones del embajador chileno en Argentina, Gonzalo Uriarte, fueron profundamente tergiversadas.

Uriarte no dijo que Chile debía abandonar sus intereses nacionales para abrazar sin condiciones la causa argentina sobre Malvinas. Lo que planteó fue algo mucho más simple: si Chile comprende la importancia política y emocional que las Malvinas tienen para Argentina, Argentina debería comprender que el Estrecho de Magallanes constituye un interés esencial para Chile. Esa era la lógica de reciprocidad.

Sin embargo, parte del debate público prefirió caricaturizar sus palabras.

Se omitió deliberadamente la referencia al Estrecho.

Se ignoró la exigencia de reciprocidad.

Y se construyó una polémica sobre una frase aislada mientras el verdadero problema seguía desarrollándose al otro lado de la cordillera.

Porque mientras en Chile algunos discutían lo que el embajador supuestamente quiso decir, desde Argentina seguían apareciendo declaraciones ambiguas sobre espacios cuya situación jurídica está resuelta desde hace más de un siglo.

Ese es el fondo del asunto.

La geopolítica no consiste en gestos de buena voluntad.

La geopolítica comienza por el respeto irrestricto de los tratados.

Y cuando altos mandos militares o autoridades políticas mezclan Antártica con Magallanes, cooperación internacional con soberanía territorial, o ejercicios combinados con espacios bajo jurisdicción nacional, el resultado inevitable es la desconfianza.

Nadie discute la cooperación chileno-argentina en la Antártica.

Es una de las más exitosas del continente.

Nadie cuestiona la utilidad de las patrullas combinadas.

Han demostrado durante décadas su valor operativo y humano.

Lo que sí resulta preocupante es la persistente incapacidad de algunos actores argentinos para distinguir claramente dónde termina el régimen antártico y dónde comienza el territorio soberano chileno.

Porque la historia enseña una lección incómoda: las controversias internacionales rara vez comienzan con invasiones o crisis militares.

Comienzan con discursos.

Con mapas.

Con conceptos mal utilizados.

Con declaraciones presentadas como errores.

Y con una acumulación gradual de ambigüedades que terminan erosionando verdades que parecían evidentes.

Por eso Chile no debe conformarse con explicaciones posteriores ni con comunicados correctivos.

La posición debe ser sencilla y permanente.

La cooperación antártica es bienvenida.

Las patrullas combinadas son positivas.

Pero Magallanes no es un espacio compartido.

No es una zona gris.

No es un área de interpretación.

No es un concepto geográfico flexible.

Es territorio chileno.

Y cada vez que alguien necesite aclararlo una vez más, lo verdaderamente preocupante no será la aclaración.

Será la necesidad misma de tener que seguir haciéndola.

 

jpber
Juan Pablo Berlinguer