Más allá del simbólico acto celebrado en Cartagena, se abre una compleja y multifacética etapa, plena de dudas e interrogantes que ha sido denominada “postconflicto”. Un nombre equivocado pues lo que ha concluido, en el mejor de los casos, no es el conflicto en sí sino su fase armada. Los ojos del mundo seguirán puestos en Colombia. "Al terminar este conflicto, termina el último y el más viejo conflicto armado del Hemisferio Occidental. ¡Por eso celebra la región y celebra el planeta! Porque hay una guerra menos en el mundo. ¡Y es la de Colombia!", Juan Manuel Santos Presidente de la República.
La reciente firma, en la bellísima Cartagena de Indias, del acuerdo entre la cúpula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia–Ejército Popular (FARC-EP) y el mandatario de ese país, Juan Manuel Santos, posiblemente sea el evento político más relevante de América Latina en los últimos tiempos. No sólo ha suscitado adhesiones y rechazos, sino también provocado encendidos debates en torno a su viabilidad y posibilidades de éxito, tanto dentro como fuera de Colombia. En el fragor de estas discusiones no se han ahorrado descalificaciones para el titular del Ejecutivo, tildándolo incluso de “entreguista” y poniendo en duda su patriotismo.
Frente a esta disyuntiva, la Casa de Nariño ha optado por la segunda vía, sin que esto deba significar que haya reformulado su visión sobre las FARC. Se decidió el “cómo”, sin que hubiera sido puesto en tela de juicio el “qué”. Más aún, resulta inverosímil dudar de lo que Santos realmente piensa de las FARC si se tiene en cuenta que fue el ministro de Defensa durante la presidencia de Álvaro Uribe, en las épocas en que se le propinaron los mayores golpes a esa organización.
Hay al menos tres elementos que, combinados, ayudan a comprender la decisión adoptada por el Presidente de la República.
Por un lado, y en relación con lo antedicho, su conocimiento del real grado de fragilidad que hoy exhiben las FARC, como corolario de un prolongado período de derrotas y retrocesos, cuyo rasgo más saliente fue el desmantelamiento de su cúpula. Entre marzo de 2008 y noviembre de 2011 perdieron la vida su máximo líder Manuel Marulanda (“Tirofijo”) y los altos jefes Raúl Reyes (en la controvertida Operación Fénix), Iván Ríos, Jorge Briceño y Alfonso Cano; a esto se sumó la deserción de la máxima jefa femenina del grupo, Elda Mosquera (“Karina”), el abatimiento de decenas de jefes intermedios, deserciones de gran cantidad de guerrilleros, y la ejecución de la impresionante Operación Jaque que culminó con la liberación de Ingrid Betancourt y otros rehenes, sin que se hubiera disparado un solo tiro. En síntesis, Santos sabe que las FARC negocian desde una posición de debilidad que les quita margen de maniobra y les impide incumplir los compromisos que deban asumir; he aquí la principal diferencia con los malogrados diálogos sostenidos en épocas del presidente Pastrana, cuando las FARC no sólo no depusieron las armas, sino que tampoco cesaron sus operaciones ofensivas.
Un segundo elemento que indudablemente debe haber pesado en la conducta de Santos es el evidente hastío de la sociedad colombiana frente al conflicto armado. Este hartazgo alcanza a todas las clases sociales y posiciones ideológicas y, ante el fracaso de otras iniciativas implementadas a lo largo del tiempo, habilita a pensar en nuevas soluciones, otrora inaceptables. Vinculado con esto último, un tercer elemento que explica la conducta presidencial es su tendencia a innovar respecto a cuestiones sensibles en las cuales las recetas tradicionales no dieron resultado. Lo mismo se observa en lo que hace a su apoyo a la despenalización del consumo de drogas “blandas”, postura sostenida junto al presidente Peña Nieto de México y otros mandatarios del hemisferio en la reciente sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNGASS) dedicada al tratamiento de este tema.
Volviendo a nuestra línea argumental, Santos ha decidido cómo actuar frente a las FARC, de manera innovadora. Será exitosa su iniciativa? Planteado esto de otra manera: CUÁNDO culminará definitivamente el conflicto colombiano, y pasará a ser un mal recuerdo para sus ciudadanos?
Nadie parece tener aun la respuesta para ese interrogante crucial, en parte debido a la falta de experiencias similares, con las cuales realizar analogías históricas válidas. Los procesos de desarme y desmovilización de América Central, hace ya tres décadas, son de utilidad limitada debido a que acontecieron en circunstancias diferentes: por un lado, todavía se hallaba vigente la Guerra Fría; por otro, tanto el FFMLN salvadoreño como la URNG guatemalteca tenían mayor poder relativo que las FARC actuales; finalmente, la constelación de actores externos involucrados (Estados Unidos, Cuba, Grupo Contadora) era distinta, y en el caso colombiano no hay nada parecido al mandatario costarricense Oscar Arias. También son limitadas las enseñanzas que se desprenden de la desmovilización e incursión en la política del M-19 de Navarro Wolf, pues sus cuadros nunca ejercieron los niveles de violencia que caracterizaron a las FARC, ni estuvieron acusados de connivencia con el narcotráfico.
Por lo pronto, ya se vislumbran dos escollos. Uno de ellos será el que planteen algunos elementos de las FARC que previsiblemente no abandonarán las armas, por motivos más vinculados con sus intereses personales que con las ideas que dicen defender, estimándose que engrosarán el número de las bandas criminales (las llamadas BACRIM) que azotan diversas regiones de la geografía nacional. Otro obstáculo podría provenir de quienes objetan las concesiones efectuadas por el Estado a los líderes farianos en diversos campos (por ejemplo en materia de representatividad legislativa o extradiciones a Estados Unidos), entendiendo que así se garantiza la impunidad de quienes actuaron por la vía armada fuera de la ley.
Con los interrogantes en torno al éxito de la iniciativa gubernamental, más allá del simbólico acto celebrado en Cartagena, se abre una compleja y multifacética etapa, plena de dudas e interrogantes que ha sido denominada “postconflicto”. Un nombre equivocado pues lo que ha concluido, en el mejor de los casos, no es el conflicto en sí sino su fase armada. Los ojos del mundo seguirán puestos en Colombia.



