Miércoles 9 De Septiembre De 2026
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Análisis al amateurismo diplomático chileno

Análisis al amateurismo diplomático chileno

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Chile quiere que Valparaíso sea la sede de la Secretaría del Acuerdo sobre Biodiversidad Marina más allá de las Jurisdicciones Nacionales, conocido como BBNJ o Tratado de Alta Mar.

La decisión deberá adoptarse en la primera Conferencia de las Partes, prevista para enero de 2027. Sobre el papel, la candidatura chilena parece sólida: trayectoria en derecho del mar, experiencia multilateral, universidades, comunidad científica y una ciudad portuaria cuya identidad está inseparablemente ligada al océano.

Pero las sedes internacionales no se adjudican por belleza patrimonial, buenas intenciones ni presentaciones en PowerPoint.

Se ganan con votos.

Y los votos se consiguen mediante diplomacia, presencia internacional, reciprocidad política y capacidad de negociación. Precisamente aquello que Chile parece haber debilitado al retirar su respaldo a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas.

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Vista aérea del Gran Valparaíso. (Foto: Infogate)

La pregunta incómoda es inevitable: ¿habría obtenido Chile apoyos adicionales para Valparaíso si hubiese mantenido la candidatura de Bachelet hasta el final?

Nadie puede afirmar honestamente que un voto por Bachelet se habría convertido automáticamente en un voto por Valparaíso. La diplomacia no funciona como una caja registradora. Pero solo alguien profundamente ingenuo podría creer que ambas candidaturas eran compartimentos completamente separados.

En la política multilateral, las candidaturas son instrumentos de influencia. Permiten abrir conversaciones, visitar capitales, negociar apoyos, identificar intereses comunes y construir reciprocidades. Incluso una candidatura con pocas posibilidades puede ser útil si permite al Estado acumular capital diplomático para otro objetivo estratégico.

Chile tenía dos cartas sobre la mesa: una candidata con reconocimiento internacional y una ciudad que aspiraba a convertirse en sede de un organismo global. En vez de jugar ambas de manera coordinada, decidió retirar una de ellas porque incomodaba políticamente al Gobierno.

Eso no es estrategia.

Es política exterior subordinada a la política doméstica.

La retirada del respaldo a Bachelet pudo satisfacer a una parte del electorado chileno, pero difícilmente fortaleció la posición internacional del país.

En diplomacia, abandonar una candidatura no significa simplemente dejar de apoyar a una persona. Significa renunciar a reuniones, conversaciones, compromisos y posibles intercambios de apoyo que se producen alrededor de esa candidatura.

Mientras Brasil y México continuaron respaldándola, Chile eligió apartarse. Otros países comprendieron que, incluso si Bachelet no llegaba a la Secretaría General, su candidatura mantenía abierta una plataforma de interlocución regional. Chile, en cambio, decidió cerrar voluntariamente esa puerta.

La pregunta, por tanto, no es si Bachelet habría ganado.

La pregunta es qué ganó Chile al retirarla.

Hasta ahora, la respuesta parece incómodamente sencilla: nada.

No ganó influencia en Naciones Unidas. No fortaleció la presencia internacional del país. No aumentó su capacidad de negociación. Tampoco mejoró, al menos de manera demostrable, las posibilidades de Valparaíso.

Por el contrario, Chile renunció a una ficha negociadora justo cuando necesitaba reunir respaldos para una candidatura que enfrenta competidores con una capacidad diplomática, financiera y política considerablemente mayor.

China no pide votos para Xiamen apelando solamente a su infraestructura. Moviliza relaciones comerciales, cooperación, inversiones y una red diplomática global. Una eventual candidatura europea se apoyaría en la densidad institucional y política de Bruselas. Frente a esos competidores, Chile no puede darse el lujo de desperdiciar ninguna herramienta de influencia.

Sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo.

La candidatura de Valparaíso se presenta como una política de Estado, pero una verdadera política de Estado exige algo más que declaraciones solemnes. Requiere continuidad, coordinación y la capacidad de separar los objetivos estratégicos nacionales de las antipatías partidistas circunstanciales.

Si el Gobierno realmente consideraba prioritaria la sede del BBNJ, debió preguntarse si mantener el respaldo a Bachelet podía servir para abrir puertas, generar compromisos o construir reciprocidades. No era necesario admirarla, compartir su legado ni convertir su candidatura en una causa ideológica. Bastaba comprender que representaba un activo diplomático de Chile.

La política exterior no consiste en premiar a los amigos ni castigar a los adversarios internos.

Consiste en utilizar inteligentemente todos los recursos disponibles para defender el interés nacional.

Ese parece haber sido el error fundamental.

Bachelet no debía ser evaluada únicamente como expresidenta, figura de la izquierda o adversaria política. Debía ser considerada como una carta chilena en una negociación internacional. Retirarle el apoyo sin obtener una contraprestación visible equivale a entregar una pieza antes de comenzar la partida.

Lo más grave es que nadie podrá saber cuántos votos potenciales se perdieron.

No existirá un documento diplomático que diga que un país habría apoyado a Valparaíso a cambio del respaldo chileno a Bachelet. Estas negociaciones rara vez funcionan de manera tan explícita. Los apoyos se construyen mediante señales, conversaciones y compromisos que muchas veces no quedan escritos.

Por eso sería irresponsable afirmar que la retirada de Bachelet provocará una derrota de Valparaíso.

Pero sería todavía más irresponsable negar que pudo reducir el margen negociador de Chile.

La diplomacia internacional tiene memoria. Los Estados recuerdan quién apoyó sus candidaturas, quién acompañó sus iniciativas y quién permaneció en la mesa cuando existía algo que negociar. Nada garantiza reciprocidad inmediata, pero la ausencia de reciprocidad tampoco justifica el abandono anticipado.

Chile actuó como si pudiera aspirar a una sede internacional sin participar plenamente en el sistema de intercambios políticos que permite conseguirla. Como si bastara con mostrar fotografías de Valparaíso, citar la Convención del Mar y recordar nuestra tradición oceánica.

No basta.

Valparaíso tiene méritos. Lo que debe demostrar Chile es que posee la voluntad política, la consistencia estratégica y la capacidad diplomática necesarias para transformar esos méritos en votos.

La candidatura al BBNJ no es un concurso de ciudades bonitas. Es una disputa por poder institucional, presencia internacional y capacidad de influir en la futura gobernanza de los océanos.

Si Chile pierde, no podremos afirmar que fue exclusivamente por haber retirado el respaldo a Bachelet. Pero sí tendremos derecho a preguntar si el Gobierno utilizó todas las herramientas disponibles o si sacrificó una de ellas para obtener un aplauso político interno.

Esa distinción es fundamental.

Porque una derrota después de haber desplegado todas las capacidades del Estado puede ser honorable. Una derrota después de haber renunciado voluntariamente a una carta negociadora sería simplemente incompetencia.

Valparaíso puede ganar. Todavía cuenta con argumentos poderosos, legitimidad regional y una candidatura coherente con la vocación marítima de Chile. Pero para conseguirlo requiere algo más que campañas comunicacionales y discursos sobre el océano.

Requiere diplomacia profesional.

Requiere comprender que las candidaturas internacionales se conectan entre sí.

Requiere dejar de tratar la política exterior como una prolongación de las disputas partidistas de Santiago.

Y requiere reconocer una verdad incómoda: retirar a Bachelet sin obtener nada concreto a cambio pudo ser políticamente rentable para el Gobierno, pero estratégicamente fue regalar influencia.

Chile quiere convertir a Valparaíso en la capital mundial de la biodiversidad marina.

Sería paradójico que esa aspiración naufragara no por falta de méritos, sino porque quienes conducen la política exterior decidieron arrojar por la borda una de las pocas cartas internacionales que el país todavía tenía en la mano.

jpber
Juan Pablo Berlinguer