Cuando la ideología reemplaza a la estrategia, los países terminan hablando mucho y comprendiendo poco.
Hay gobiernos que llegan al poder con una visión estratégica y otros que llegan convencidos de que los eslóganes o metáforas son una política pública.
El reciente manejo del gobierno de Kast respecto al Estrecho de Magallanes y las Falklands pertenece peligrosamente a la segunda categoría.
Lo ocurrido no fue simplemente un error comunicacional.
Fue algo peor.
Fue una demostración pública de desconocimiento geopolítico.
Y en el Atlántico Sur, la ignorancia suele pagarse caro.
Porque mientras La Moneda improvisa declaraciones, el mundo real continúa avanzando.
Las Falklands siguen desarrollando infraestructura.
Siguen fortaleciendo su autonomía política.
Siguen ampliando su capacidad económica.
Siguen proyectando actividad científica hacia la Antártica.
Y siguen consolidando una comunidad que lleva generaciones construyendo una identidad propia.
Mientras tanto, parte de América Latina continúa atrapada en una discusión que parece extraída de un archivo diplomático de los años setenta.
El resultado es devastador.
Todos hablan de las islas.
Nadie escucha a los isleños.
Todos invocan la autodeterminación de los pueblos.
Excepto cuando el pueblo en cuestión no entrega la respuesta políticamente conveniente.
Y ahí aparece la contradicción fundamental que nadie quiere discutir.
Las Falklands continúan figurando en la lista de Territorios No Autónomos de Naciones Unidas y siguen siendo examinadas por el Comité de Descolonización, el famoso C-24.
Sin embargo, después de décadas de reuniones, declaraciones, seminarios, resoluciones y consensos diplomáticos cuidadosamente redactados, la realidad es brutalmente simple.
El problema sigue exactamente donde estaba.
La ONU organiza debates.
Los gobiernos pronuncian discursos.
Los diplomáticos aplauden.
Los habitantes de las islas regresan a sus hogares sin una respuesta sobre su futuro.
Ese es el elefante en la habitación.
El sistema internacional habla permanentemente sobre los falklanders, pero rara vez parece interesado en incorporarlos seriamente a la conversación.
Y en ese espectáculo permanente, América Latina se ha transformado en un coro predecible.
Cada año se repiten las mismas declaraciones.
Cada año se aprueban las mismas resoluciones.
Cada año se promete el mismo avance inexistente.
El C-24 ha terminado funcionando más como un escenario simbólico que como un mecanismo efectivo de resolución.
Pero el gobierno de Kast decidió ir un paso más allá.
Decidió convertir un asunto complejo en una consigna.
Y cuando eso ocurre, la diplomacia se convierte en activismo y la estrategia desaparece.
La pregunta que Chile debería hacerse no es si debe repetir mecánicamente las posiciones de Londres o de Buenos Aires.
La pregunta es mucho más relevante.
¿Qué gana Chile?
¿Qué fortalece nuestra posición antártica?
¿Qué protege nuestra condición de país bioceánico?
¿Qué aumenta la importancia internacional de Magallanes?
¿Qué mejora nuestras capacidades logísticas en el Atlántico Sur?
Ésas son las preguntas de un país serio.
No las polémicas diseñadas para satisfacer audiencias internas.
Porque la geopolítica no premia las consignas.
Premia los resultados.
La paradoja es todavía más profunda.
Porque quienes pretenden hablar de geopolítica parecen haber olvidado qué significa realmente la palabra.
Geopolítica no es propaganda.
Geopolítica no es activismo diplomático.
Geopolítica no es repetir consignas heredadas de otros países.
La propia raíz griega del concepto lo explica.
Geo significa tierra.
Polis significa comunidad humana organizada.
La geopolítica trata, precisamente, de la relación entre un territorio y las personas que viven en él.
Por eso resulta intelectualmente imposible analizar las Falklands ignorando deliberadamente a los falklanders.
Se puede discutir la soberanía.
Se pueden debatir derechos históricos.
Se pueden invocar resoluciones de Naciones Unidas.
Pero no se puede borrar a la comunidad humana que habita ese territorio.
Eso no es geopolítica.
Es propaganda.
Y precisamente ése es uno de los grandes fracasos del debate latinoamericano sobre las Falklands durante las últimas décadas.
Se habla permanentemente del territorio.
Nunca de la polis.
Se habla del mapa.
Nunca de las personas.
Se discuten fronteras.
Se ignora a quienes viven dentro de ellas.
La consecuencia es evidente.
Mientras América Latina lleva décadas construyendo discursos sobre las islas, los propios isleños han construido instituciones, economía, administración pública, identidad política y una visión de futuro.
Nos gusten o no sus posiciones, constituyen una comunidad organizada.
Y cualquier análisis serio debe comenzar por reconocer esa realidad.
Negarla no fortalece una posición diplomática.
La debilita.
Porque una estrategia construida sobre la negación de la realidad termina inevitablemente chocando contra ella.
Por eso el gobierno de Kast comete un error de fondo cuando aborda la cuestión desde una lógica ideológica y no geopolítica.
La geopolítica exige comprender simultáneamente el territorio y a quienes lo habitan.
Quedarse sólo con uno de esos elementos equivale a entender apenas la mitad del problema.
Y quien comprende sólo la mitad de un problema rara vez está en condiciones de resolverlo.
Y los resultados exigen inteligencia, no teatralidad.
Por eso resulta particularmente interesante imaginar qué podría hacer una figura como Manahi Pakarati.
Porque una diplomática proveniente de Rapa Nui probablemente comprende algo que muchos burócratas continentales olvidan: las comunidades insulares no son piezas de ajedrez.
Son sociedades reales.
Tienen historia.
Tienen identidad.
Tienen intereses.
Tienen voz.
Chile podría impulsar un Acuerdo de Voluntades con los falklanders.
No para resolver la soberanía.
No para intervenir en una controversia bilateral.
No para desafiar a nadie.
Sino para hacer algo revolucionario en el contexto actual: conversar con quienes viven allí.
Cooperación científica.
Investigación oceánica.
Gestión antártica.
Patrimonio cultural.
Intercambios educativos.
Turismo sostenible.
Protección ambiental.
Logística subantártica.
En otras palabras, una política exterior basada en intereses concretos y no en consignas heredadas.
Porque el Atlántico Sur está cambiando.
La Antártica está cambiando.
La seguridad marítima está cambiando.
La energía está cambiando.
Y Chile no puede permitirse un gobierno que siga analizando el siglo XXI con las categorías mentales de la Guerra Fría.
Lo más preocupante del episodio no es que Kast haya cometido un error.
Todos los gobiernos los cometen.
Lo preocupante es que el error revela una carencia más profunda.
La ausencia de una visión austral.
La ausencia de una estrategia oceánica.
La ausencia de una comprensión moderna del Atlántico Sur.
Y cuando un país pierde comprensión estratégica, termina reaccionando a los acontecimientos en lugar de moldearlos.
Eso es exactamente lo contrario de lo que Chile necesita.
Porque mientras algunos siguen librando batallas retóricas del pasado, otros están construyendo el futuro.
Y el futuro, para desgracia de los ideólogos, no suele esperar a quienes llegan tarde al mapa.
La gran ironía es que quienes más hablan de geopolítica parecen haber olvidado su significado original. Porque la geopolítica nace de la unión entre la tierra y la comunidad humana.
En las Falklands, algunos sólo quieren ver la tierra. Otros sólo quieren ver la bandera. Chile debería ser capaz de ver algo mucho más importante: las personas. Mientras no lo haga, seguirá observando el Atlántico Sur desde el pasado, mientras el futuro se construye sin nosotros.


