Martes 7 De Julio De 2026
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Rapa Nui: el problema no era Pakarati, era un Estado que ya no sabe hablar de lo indígena

Rapa Nui: el problema no era Pakarati, era un Estado que ya no sabe hablar de lo indígena

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Chile volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando se enfrenta a una pregunta incómoda: reducir un problema histórico a un expediente administrativo.

El caso Manahi Pakarati fue tratado como una controversia diplomática.

Una embajadora que hizo declaraciones asociadas a la libre determinación y al autogobierno de Rapa Nui; Cancillería reaccionó; se habló de protocolos, de disciplina institucional, de representación del Estado y de eventual pérdida de confianza. Desde esa lógica, la respuesta era previsible: un embajador no habla a título personal cuando se refiere a materias sensibles de soberanía, territorio o política exterior. Su voz pertenece al Estado que representa.***

Pero esa es apenas la superficie.

El caso Pakarati no reveló solamente una tensión entre una diplomática y la Cancillería. Reveló algo mucho más profundo: Chile ha perdido la capacidad política, intelectual y emocional de discutir seriamente sus temas indígenas.

Y esa pérdida no ocurrió por casualidad.

Una parte importante de la responsabilidad está en la primera Convención Constitucional. Allí se hizo prácticamente todo mal. Se tomó una discusión legítima —el reconocimiento de los pueblos originarios, la plurinacionalidad, la autonomía, los derechos colectivos, la reparación histórica— y se la condujo de la peor manera posible: con maximalismo, mala pedagogía política, exceso de simbolismo, poca gradualidad institucional y una profunda desconexión con el sentido común de una parte mayoritaria del país.

El resultado fue devastador.

Después del fracaso constitucional, los temas indígenas quedaron contaminados políticamente. No porque fueran irrelevantes, sino porque fueron mal procesados. No porque carecieran de fundamento, sino porque se presentaron como una imposición cultural más que como una arquitectura institucional viable. No porque Chile no necesite reconocer mejor a sus pueblos originarios, sino porque la Convención I transformó una causa estratégica en un campo minado electoral.

Desde entonces, hablar de autonomía indígena, de gobernanza territorial o de reconocimiento cultural se volvió políticamente sospechoso. Cualquier matiz es leído como separatismo. Cualquier demanda territorial es presentada como amenaza. Cualquier discusión sobre autogobierno es asociada de inmediato al fantasma del desmembramiento nacional.

Ese es el daño más profundo que dejó la Convención: no resolvió el problema indígena; lo volvió impronunciable.

Y en ese vacío aparece Rapa Nui.

Porque Rapa Nui no cabe cómodamente en las categorías con que Santiago acostumbra administrar el país. No es simplemente una comuna. No es simplemente un territorio insular. No es simplemente una comunidad indígena. No es simplemente un destino turístico. Es todo eso y más: una civilización polinésica integrada al Estado chileno, ubicada en el corazón simbólico del Pacífico Sur y conectada culturalmente con Oceanía de una manera que Chile continental todavía no comprende.

Ahí estuvo la oportunidad perdida del caso Pakarati.

Manahi Pakarati no era una funcionaria cualquiera. Era una diplomática rapanui destinada en Nueva Zelanda, precisamente uno de los centros políticos, culturales y estratégicos del Pacífico Sur. Representaba una combinación escasísima en el servicio exterior chileno: legitimidad estatal y legitimidad cultural oceánica. En una región donde la identidad, la genealogía, la pertenencia y la memoria pesan tanto como los tratados y las credenciales diplomáticas, ese tipo de capital no se improvisa.

Pero Chile no supo leerlo.

Vio una infracción. No vio un síntoma.

Vio una embajadora incómoda. No vio una falla estratégica.

Vio un problema de protocolo. No vio la ausencia de una doctrina nacional sobre Rapa Nui.

Y esa ceguera se explica, en parte, por el clima político actual. Chile está atrapado en una batalla cultural de signo neo-conservador —o, al menos, en una reacción política marcada por sus códigos— que ha reducido el debate público a una disputa permanente entre orden e identidad, soberanía y reconocimiento, patria y diversidad. En ese marco, cualquier conversación sofisticada sobre pueblos originarios queda inmediatamente aplastada por consignas.

En una plaza de Rapa Nui estánn instalados estos carteles  en mayo de este año. (Foto: IG)

El neo-conservadurismo cultural no necesita negar explícitamente la existencia de Rapa Nui. Le basta con volver imposible su comprensión política.

Porque para entender Rapa Nui se requiere algo que la conversación pública chilena ha perdido: complejidad.

Se requiere aceptar que puede haber unidad nacional con formas diferenciadas de gobernanza.

Se requiere entender que autonomía no es necesariamente independencia.

Se requiere distinguir entre soberanía, administración, participación y legitimidad.

Se requiere comprender que un Estado moderno no se fortalece negando sus singularidades territoriales, sino integrándolas inteligentemente.

Nueva Zelanda lo entendió con el mundo maorí. Dinamarca lo entendió con Groenlandia. Otros Estados han comprendido que las identidades territoriales complejas no desaparecen por decreto. Se institucionalizan, se canalizan, se reconocen y, cuando existe visión estratégica, se convierten en activos internacionales.

Chile, en cambio, sigue oscilando entre dos reflejos igualmente pobres: la romantización multicultural sin diseño institucional y el centralismo soberanista sin imaginación política.

La primera Convención cayó en el primer error.

La reacción neo-conservadora cae en el segundo.

Y Rapa Nui queda atrapada entre ambos fracasos.

Ese es el punto central.

El problema de Chile no es que tenga demasiada diversidad. El problema es que no sabe qué hacer con ella. No sabe cómo convertirla en cohesión, en diplomacia, en desarrollo, en influencia. No sabe cómo pasar del reconocimiento simbólico a la arquitectura estratégica.

Durante décadas hemos repetido que Chile es un país del Pacífico. Pero seguimos actuando como un país sudamericano con costa.

Nos gusta hablar de Asia-Pacífico cuando se trata de comercio, pero casi nunca hablamos de Oceanía cuando se trata de identidad, política exterior o poder marítimo. Tenemos Rapa Nui, participamos en espacios del Pacífico Sur, mantenemos vínculos con Nueva Zelanda y Australia, proyectamos presencia antártica y, aun así, carecemos de una estrategia integrada que una todas esas piezas.

Rapa Nui debería ser el puente natural de Chile hacia Oceanía. Pero Santiago la administra como periferia. Ese es el error.

No basta con vuelos, subsidios, turismo y discursos patrimoniales. Una política seria hacia Rapa Nui debería incluir gobernanza especial, participación efectiva, protección cultural, desarrollo sostenible, educación intercultural, diplomacia oceánica, cooperación polinésica, ciencia marina, conectividad digital y una estrategia de largo plazo que vincule Pacífico, Magallanes y Antártica.

Eso no amenaza a Chile.

Al contrario: lo fortalece.

Lo que debilita a Chile es no tener una tesis.

Lo que debilita a Chile es reaccionar tarde, castigar rápido y pensar poco.

Lo que debilita a Chile es permitir que la mala experiencia de la Convención I haya enterrado toda conversación seria sobre pueblos originarios.

Lo que debilita a Chile es dejar que la batalla cultural neo-conservadora convierta cualquier debate indígena en una caricatura ideológica.

Porque Rapa Nui no puede ser entendida desde el miedo. Tampoco desde el folclor. Ni desde la nostalgia multicultural ni desde la sospecha permanente. Debe ser entendida desde la estrategia.

La verdadera pregunta no es si Manahi Pakarati debió o no permanecer en su cargo.

La verdadera pregunta es por qué Chile no tiene una política de Estado capaz de absorber una controversia como esta sin transformarla en crisis.

La verdadera pregunta es por qué una diplomática rapanui en Nueva Zelanda fue vista más como un riesgo que como una oportunidad.

La verdadera pregunta es por qué Chile todavía no comprende que Rapa Nui no es el final remoto de su territorio, sino el comienzo de su proyección oceánica.

Ese es el debate que el país evita.

Y lo evita porque después de la Convención I quedó paralizado frente a lo indígena. Lo evita porque la reacción cultural dominante prefiere cerrar el tema antes que comprenderlo. Lo evita porque la política chilena actual confunde prudencia con inmovilidad y unidad nacional con uniformidad territorial.

Pero los países que no gestionan inteligentemente sus diferencias terminan siendo gobernados por ellas.

Rapa Nui seguirá ahí. Su identidad seguirá ahí. Su historia seguirá ahí. Su pertenencia polinésica seguirá ahí. Su valor geopolítico seguirá ahí.

La pregunta es si Chile estará a la altura.

Porque el siglo XXI no premiará a los Estados que administren sus territorios más singulares como problemas. Premiará a los que sepan convertirlos en visión, influencia y poder nacional.

Y en eso Chile todavía está llegando tarde.

No por falta de geografía.

Por falta de pensamiento.

 

 

***“Las opiniones emitidas por los columnistas e invitados, son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento o la línea editorial de Infogate”.